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Dejar esta cookie activa nos permite mejorar nuestra web. Porque hay que reconocer que en todo eso, salvo en lo de los albornoces, esta pareja se comportaba exactamente igual que los demás vecinos; y, por tanto, no debemos ensañarnos con tan briosos amadores, ya que a diferencia de otros muchos vecinos, si tardaban en abrir era porque realmente sí estaban haciendo algo.

En el segundo izquierda vivía doña Paquita. Aunque se me hace difícil emplear el diminutivo para nombrar a tan superlativa mujer, pues doña Paquita era una mujer cincuentona, de perfil cuadrangular, cuyo peso excedía con donosura las tres cifras en el sistema métrico decimal. Quizá por tan ponderosa razón, era conocida por sus vecinos como doña Paquidermo , en consonancia con su nombre real.

Doña Paquita vivía sola era realmente difícil hacer sitio en nadie más en su casa y cuando correteaba rauda y alegre por el largo pasillo para abrir la puerta a un lejano pariente que la visitaba de tarde en tarde, aquello parecía una estampida africana tipo Mogambo. Todos los vecinos -y aun los de los edificios colindantes- se veían súbitamente sorpendidos por lo que parecía, con toda claridad, un alud de rinocerontes, hipopótamos y elefantes, animales con los que doña Paquita guardaba un razonable parecido, como revelaba nítidamente su apodo.

Ahora bien, en tiempos recientes estaba ganando terreno la nueva apelación de Parque Jurásico , en virtud de los años que iba acumulando la buena señora así como del efecto de colectividad cinematográficamente amenazante que sus carreritas provocaban en el vecindario.

Las piernas garridas, las piernas farrucas, las piernas macizas, doña Paquita era una mujer de armas tomar, capaz de dejar fuera de combate a una brigada entera de antidisturbios, capaz de lanzar un balón de portería a portería en Maracaná, capaz de hundir el escenario de la Scala de Milán con sólo posarse en él cosa que ni siquiera Pavarotti hubiera conseguido.

Pero las apariencias engañan y lo cierto que la bondad y amabilidad de doña Paquita eran tan grandes como ella misma. De hecho, era la única persona del edificio que nos recibía con una sonrisa y nos perdonaba la peseta del pico del alquiler.

E incluso a veces se ofreció a hacernos pasar e invitarnos a tomar un café con pastas, pero razones de tiempo íbamos siempre muy aprisa, porque las tareas ingratas hay que pasarlas pronto y de espacio ya hemos dicho que en su piso apenas cabía nadie más cuando estaba ella nos obligaban a declinar amablemente la sincera invitación de la solitaria y entrañable doña Paquita.

En el tercero derecha vivían doña Isabel y don Luis, matrimonio también mayor, de los que accedió a la vivienda en tiempos difíciles. Pero no estaban solos: allí residían también aunque, como siempre, la distribución de la escasa dimensión espacial del piso sigue siendo un enigma su hija y su yerno, con dos hijos pequeños.

Pero que conste que no se trataba de un caso ilegal de subarrendamiento; muy al contrario, doña Isabel y don Luis habían tenido la gentileza de alojar a su hija, yerno y nietos sólo el tiempo estrictamente necesario para que éstos pudieran encontrar una vivienda digna en la que habitar.

Ocurría, entre otras cosas, que don Isidoro, el yerno, era militar y cuando estaba a punto de acceder a una vivienda subvencionada por el Ministerio de Defensa, pasó prematuramente a la Reserva, razón por la cual perdió el derecho a ocupar una vivienda militar.

Las causas por las que don Isidoro pasó en plena lozanía, a sus treinta y seis años, a la Reserva forman parte del cúmulo de leyendas que guardan afanosamente los vecinos del edificio -sobre todo los más chismosos- en alguna caja fuerte de Suiza o, más bien, en su inconsciente colectivo.

De lo poco que pudimos oír, porque nosotros éramos personas poco gratas y se callaban cuando andábamos cerca, colegimos que don Isidoro había pasado a la Reserva por algún tipo de incapacidad.

Parecían insinuar los vecinos que la incapacidad de don Isidoro ni era física ni era transitoria y que, en consecuencia, jamás volvería al Ejército, porque allí no lo querían ver ni en pintura. Apoyaban este durísimo diagnóstico en el comportamiento de que hacía gala don Isidoro con su familia.

Por lo visto, don Isidoro tenía una innata vocación histriónica y gustaba de imitar fónicamente a todo tipo de animales, sobre todo a requerimiento de sus hijos pequeños, con lo cual se podían ahorrar el dinero del cine.

Por ello, muchas veces, a las nueve de la noche, cuando los adultos están cenando y los niños pequeños están intentando ser dormidos, se oían por el vecindario nítidos sonidos de perros, gatos, tigres, leones, lobos, loros, vacas, y otros componentes de la fauna mundial, como si de un cásting para el Waku Waku se tratara.

Aunque al principio los vecinos se estremecieron ante la posibilidad de que hubiera tales animales en el edificio pues no se daban cuenta de que ellos, en cierto modo, también lo eran , pronto captaron que dichos sonidos procedían del piso de doña Isabel y don Luis, que venían acompañados por risas de niños pequeños, y que el cabo de cierto tiempo todos esos ruidos cesaban.

Eso sí, don Isidoro siempre se abstuvo de imitar sonidos de rinocerontes, hipopótamos y elefantes, para no ser injustamente confundido por los demás vecinos con doña Paquita.

En cambio, uno de los sonidos más estremecedores y que, por lo visto, más le gustaba imitar a don Isidoro y a sus hijos oírlo era el de la iguana de hecho, los vecinos alguna vez oyeron a lo lejos a don Isidoro decir, orgulloso, que también sabía hacer la iguana.

Se me hace difícil describir con palabras el sonido de la iguana, en parte porque nunca lo he oído, pero no dudo de que a las nueve de la noche tal sonido puede causar gran espanto la verdad es que, movidos por la curiosidad, nosotros pensamos en acceder al edificio una noche en aquel sublime momento, pero desistimos porque nuestra mera presencia a tales horas, incluso en fechas cercanas al cobro del alquiler, habría desatado entre los vecinos mayor pánico que todas las iguanas de Centroamérica.

En todo caso, lo cierto es que los vecinos se habían resignado a tal sonido y habían aprovechado tal contingencia para bautizar a la familia de doña Isabel, don Luis y sus descendientes como La noche de la iguana , siguiendo esa costumbre tan particular de poner apodos cinematográficos a los demás vecinos.

Pero sin duda, las excentricidades de los vecinos a los que hemos ido visitando palidecían ante las de doña Diana, vecina del tercero izquierda. Era doña Diana, mujer arisca y cincuentona, profesora de Física y Química en un Instituto de las afueras de la capital.

Desde hacía mucho tiempo tenía fama de ser extraña, pero era obvio que este detalle no nos llamó demasiado la atención, si la comparábamos con sus otros vecinos.

Parece cierto, no obstante, que sus alumnos, conocedores de su singular carácter, se comportaban de manera inestable y curiosa en su presencia, como si se vieran contaminados por su propia forma de ser: a veces le tomaban el pelo y convertían las clases en un desbarajuste mayor de lo habitual cuando ella parecía estar mentalmente ausente; pero otras veces se quedaban todos sentados y callados cuando intuían que doña Diana iba a sacar lo peor de su lado más salvaje.

Doña Diana era una empedernida solterona, de misa casi diaria, y jamás se la había visto en compañía de ningún hombre.

Por esta razón, sus vecinos del edificio encontraron más sorprendente que de costumbre la presencia casi constante de un hombre en casa de doña Diana. No es que les pareciera mal -pues el subrarrendamiento estaba a la orden del día en el edificio, como hemos visto- pero a los vecinos les entraba una insoportable comezón por no saber quién era tan misterioso caballero.

Y digo misterioso porque nunca lo llegaban a ver, fuera día o noche, a pesar de establecer incluso un riguroso y perfecto turno de guardia digno del búnker más inaccesible con el objeto de encontrar una respuesta a sus especulaciones cada vez más inquietantes.

En todo caso, algunos vecinos tuvieron el raro detalle de advertirnos de la nueva contingencia cuando acudimos a cobrar:. Como la acción exterior fallaba, los vecinos cambiaron de estrategia y trataron de espiar los más íntimos comportamientos de doña Diana y su misterioso acompañante en su piso.

Y en este caso todo era más fácil: no tuvieron que recurrir a sus habituales métodos sutiles vasos en las paredes, altavoces, micrófonos ocultos colocados por la señora de la limpieza , pues desde el principio las conversaciones entre doña Diana y el caballero fueron de interés general y se podían oír en abierto.

En estas conversaciones de alto nivel auditivo forma culta y políticamente correcta de denominar a las discusiones a grito pelao que tanto nos separan de Europa , los vecinos pudieron desechar finalmente su hipótesis inicial, según la cual el caballero debía de ser algún pariente lejano al que doña Diana había tenido la gentileza de alojar temporalmente en su piso.

En efecto, los vecinos, habida cuenta del perfil severo y puritano de doña Diana, habían preferido la hipótesis del pariente lejano a la hipótesis del amante. Pero las discusiones que se llevaban y traían doña Diana y el misterioso individuo -al que ella llamaba Carlos- no dejaban resquicio alguno para la duda: así que a la vejez, viruelas, pensaron los vecinos.

Porque hay que reconocer -y yo puedo dar fe de haberlo oído- que estas discusiones convertían a doña Diana y don Carlos en una especie de Pimpinela en versión hardcore , y nadie hubiera pensado que una respetable y cincuentona profesora de misa casi diaria pudiera hablar así. En el nivel más suave, doña Diana le recriminaba a don Carlos su escasa disponibilidad en las tareas domésticas:.

Claro que don Carlos, con una voz recia, viril, aunque algo cascada por el alcohol, siempre replicaba a doña Diana, de manera certera y con malos modos:.

Y no bajo la basura porque pesas mucho. El tono -de voz y de hardcore - iba aumentando cuando las discusiones entraban en los hábitos privados.

Nuevamente, doña Diana atacaba y don Carlos se defendía:. Sólo falta que me traigas aquí a una de tus amiguitas. Los vecinos estaban empezando a perder los nervios, y eso que alguno se ofreció voluntario para ir a esos lugares de perdición por si veía a alguien que pudiera encajar en el perfil de don Carlos.

Pero era imposible saber cómo era don Carlos. Los vecinos nunca se había encontrado ante nada igual: fuera un espectro, un fantasma, un ectoplasma, un cataplasma o una vaga ilusión, don Carlos parecía traspasar las barreras del espacio, el tiempo y la materia, siendo imposible de aprehender por los tenaces vecinos, cada vez más desquiciados.

Nunca se les veía juntos, ni en misa iba ella sola , ni paseando paseaba ella sola , ni cuando nosotros íbamos a cobrar siempre nos atendía ella , pero un día empezó a circular el rumor de que doña Diana y don Carlos habían ampliado el espacio vital de sus agrias discusiones al laboratorio de química del Instituto donde ella daba sus clases.

Eso ya era demasiado. En el Instituto no podían permitir que nadie aireara sus trapos sucios ante angelicales? adolescentes, y menos aún en un laboratorio lleno de sustancias nocivas e inflamables. Por ello, una mañana en la que la discusión entre doña Diana y don Carlos se hacía especialmente virulenta en la congestionada atmósfera del laboratorio, las autoridades académicas incluido un inspector de educación desplazado para tal efecto , se introdujeron en aquella guarida de Merlín y Celestina y desde un discreto rincón, sin hacer ruido, pudieron contemplar un espectáculo dantesco, del que aún me estremezco al recordarlo y el inspector aún más, pues lo vio con sus propios ojos y todavía se encuentra de baja.

En consecuencia, me creo en la obligación de recomendar al lector que no lo lea si no se siente muy preparado, o que se tome una tila o dos antes de conocer el desenlace. Porque resultaba, llana y simplemente, que don Carlos era doña Diana.

Ella, en un magistral ejercicio de polifonía y esquizofrenia, era la que hacía ambas voces, cambiando incluso de lugar al interpretar cada uno de los egos de su alma. Era ella, y sólo ella, diabólica, diacústica, diádica, diafónica, dialéctica, diandra, dicótoma, diglósica, dimorfa, díptica, dioica, Diana.

No nos debemos extrañar, por tanto, de que los vigilantes vecinos fueran incapaces de ver nunca a don Carlos. Pero, a pesar de todo, doña Diana sigue en su piso, aunque desde aquella infausta mañana nadie ha vuelto a oír a don Carlos.

Y en esto -pero sólo en esto- le damos la razón al psiquiatra. Estos son, pues, mis inquilinos. Mientras bajo por la escalera, y a mi paso ellos van entreabriendo, con temor, sus puertas, espero con ansia el momento de deshacerme de todas esas diminutas pesetas, con las que ni siquiera podría hacer un plato de lentejas.

Ha sido un día duro, pero me queda el consuelo de saber que no volveré aquí hasta dentro de dos meses, y espero que sea tiempo suficiente para recuperarme de las últimas impresiones: la muerte de doña Águeda; el crespón negro de la Bruja ; los contorsionistas van a tener, por fin, un hijo; el piso de doña Paquita, cuyo suelo está empezando a ceder, y me temo que seremos nosotros los que pagaremos la reforma; la iguana de don Isidoro; y, sobre todo, la inquietante dualidad de doña Diana, que, sin duda, me provocará muchas noches de insomnio.

Pero acepto con resignación tamaño sufrimiento, porque cada vez tengo más claro que mi verdadera vocación es ser casero. RÉQUIEM CHILENO Mi nombre es Augusto Pinochet Ugarte. Augusto como el gran emperador romano, aunque en mi caso, debo reconocer que mi llegada al poder no fue seguida precisamente de un período de paz, por muy artificial e impuesta que fuera la pax del augusto emperador.

Augusto , también como el clown que realiza el rol de serio y adusto, frente a la comicidad delirante de los restantes payasos; en este caso, el nombre sí guarda cierta relación conmigo, porque aunque siempre me he caracterizado por mi semblante adusto y serio, mis adversarios me han ridiculizado numerosas veces como si fuera un payaso.

Pinochet , apellido de raigambre europea, como los que suelen llevar los civilizados criollos de la alta burguesía chilena.

Sin embargo, algunos de mis lejanos parientes parecen abominar de tan ilustre apellido, no sé por qué razón. Y Pinochet , también -esto ha sido sin duda un filón para mis detractores- como supuesto diminutivo galorrománico de un itálico personaje de fuste y apéndice nasal retráctil, poco amigo de verdades no sé, entonces, por qué lo comparan conmigo, cuando yo he sido siempre fiel a mis principios, he ido con la verdad -armada- por delante y, en todo caso, lo más que he hecho ha sido maquillar algunas cifras.

Ugarte , otro nombre de estirpe europea, en este caso euskalduna, otra de las etnias que dan origen a la selecta burguesía criolla del Cono Sur. Aunque me temo que también compartirán ese noble apellido otros muchos exilados en Europa y, lo que es peor, "verdaderos" euskaldunes que simpatizan con doctrinas marxistas y separatistas.

Y como botón de muestra, mucho tiempo ha -yo no era aún siquiera famoso- que en una ficción cinematográfica llamada Casablanca asignaron tan noble apellido a un vasco republicano, pequeño, repugnante y de mirada aterrorizada, que acababa muy mal menos mal a manos de mis admirados pero lejanos mentores, de quienes he heredado al menos sus jubilados, sus ideas y sus yelmos.

Habrá observado el lector que mi nombre y apellidos, tan nobles y solemnes ellos, son presa fácil de la ironía y la paradoja. Pero desafortunadamente esto no sólo afecta a mi identidad nominal. Por desgracia, la ironía y la paradoja me han perseguido a lo largo de mi vida y mucho me temo que lo harán incluso después de mi muerte.

Siempre fui un militar eficiente, disciplinado y serio, pero hasta aquel punto de inflexión en mi vida me faltó carácter y decisión. Carácter y decisión que sí tenía, por cierto, mi señora esposa. Recuerdo que cuando algunos militares decidimos que había que poner fin a la espantosa aventura marxista de Allende y asaltar el Palacio de la Moneda, nadie se atrevió a ponerse al frente de la conjuración e incluso estuvimos a punto de jugárnoslo a los chinos.

Pero esa noche, mi señora esposa me recordó las humillaciones que había sufrido por parte de otros oficiales a causa de mi bondadoso carácter y me animó a sacar el militar de verdad que llevaba dentro. Y lo hice. Así que llegué al poder y yo, el payaso Augusto, el mentiroso Pinochet y el republicano Ugarte, serví con seriedad y sinceridad a mi República limpiándola de esos subversivos marxistas que en América son todavía más peligrosos que en la civilizada y decadente Europa.

Pasados los años, y cansado de tan intensa dedicación a la Patria, decidí devolver el Poder a manos de los civiles. No obstante, me quedé con un puesto de senador vitalicio, siguiendo en esto las sanas costumbres de los antiguos romanos, los cuales reservaban un lugar en su influyente Senado a aquellos brillantes militares que -como yo- se habían destacado en peligrosas campañas guerreras claro que también hubo -porque la romana monarquía entró pronto en la Decadencia que afecta de manera endémica a los inestables europeos- quien nombró Senador a su propio caballo, y me temo que esta circunstancia pueda llegar a repetirse algún día en los vastos territorios del antiguo Imperio Romano, aunque espero no vivir para verlo.

Ello me permitió erigirme en árbitro de la elegancia y de la transición. Una Transición a la chilena, como navajas chilenas, pues fue un proceso tutelado, en el filo de la navaja y siempre a merced de las bayonetas porque está claro que los civiles no saben regir bien el país y por muy rectos que sean siempre acaban siendo engañados por los taimados y diabólicos marxistas.

Así pues, vivía yo feliz en mi condición de Jefe de las Fuerzas Armadas porque ser militar es una noble vocación que sólo se abandona cuando la edad obliga y de Senador vitalicio, privilegiado observador de la disciplinada Transición a la democracia que experimentaba mi país, para ejemplo y envidia de todo el Orbe.

Pero es sabido que la dicha nunca es eterna y que las cosas se pueden torcer en el momento más inesperado. Y la desgracia, que hoy aflige mi alma, me alcanzó ya anciano y lejos de mi Patria. Y fue este infortunio el que desencadenó el alud de ironías y paradojas que siempre me han perseguido como si fueran mi propia sombra.

Así pues, hace unos meses, pensando que, a estas alturas, mi infausto recuerdo no era más que un disco rayado en la voz de soporíferos cantautores y que el Occidente pragmático y olvidadizo ya no recordaba quién había sido yo, marché a la Gran Bretaña para someterme a una operación de hernia de disco.

No pensaba que la desgracia me golpease allí, pues se trataba de una nación amiga a la que yo había ayudado durante la Guerra de las Malvinas. Pero Albión siempre ha sido pérfida y se complace en traicionar a sus amigos. Esa fue la primera ironía del destino. La segunda, que la orden de detención procediera de mi amada Madre Patria y, más aún, ahora que gobernaban los conservadores, herederos más o menos directos de mi admirado General aunque a alguno de ellos parecían habérsele ablandado los sesos y se complacía en ir a visitar al mismísimo diablo barbado cerca de Barbados.

Pero ocurría que en España, donde se había realizado una Transición demasiado completa y se había dado manga ancha a los infames marxistas, existía la detestable división de poderes que predicó el decadente Montesquieu. Y también constituyó otra fatal ironía del destino el que fueran precisamente los conservadores los encargados de rehabilitar esa división de poderes que había quedado algo maltrecha tras largos años de gobierno pseudo-semi-marxista y semi-pseudo-todo.

En esas circunstancias, la independencia de los jueces españoles era sagrada, al menos para aquellas cuestiones que no afectasen directamente al poder ejecutivo, como por ejemplo, ciertos asuntos exteriores que a su vez no comprometían en exceso la fidelidad al Vigía de Occidente.

Eso permitió que un juez con nombre de chico, que incoaba con ahínco un suma y sigue de sumarios y que, al parecer, procedía en origen de las infames filas marxistas, advirtiera por des ventura mi terapéutica presencia en la Pérfida Albión.

Puso este juez chico en rápido movimiento su gran maquinaria judicial y su impresora escupió pronto un voluminoso sumario sobre mi vida y milagros aunque él los juzgaba , no sé por qué, crímenes contra la humanidad. A ello se sumó, como si se tratara de una ironía en cadena, el hecho de que en Gran Bretaña ya no gobernaba con mano de hierro mi amiga la Duquesa no la de Alicia, sino la Thatcher y que hubieran subido al poder los laboristas.

Y aunque estos laboristas estaban cada vez más descafeinados y preocupados por el trazado ferroviario vía 3, sector A , se les notaba a la legua o mejor, a la milla el pelo de la dehesa y su antigua dedicación en favor de marxistas irredentos de Ultramar.

Por ello, recibieron con agrado la orden de detención del juez chico y quisieron volver a sentirse grandes, a ser el ombligo del mundo, como en la época dorada del Imperio Británico.

Así que, con pompa, circunstancia y peluca, como en sus mejores tiempos y con sus mejores galas, los lores decidieron que yo no podía volver a casa, mientras que un ministro alto y delgado -como mi país- se encargó de trasladar al poder ejecutivo tan aristocrática decisión judicial.

Afortunadamente, en Chile la división de poderes es una quimera, en parte porque siempre han mandado más los poderes fácticos que los constitucionales. Por ello, mis correligionarios -y aun los que no lo eran- hicieron frente a mi favor, esgrimiendo razones de lo más diverso y perverso.

Pero esto, que pudiera ser un alivio para mi delicada situación, parece haberse trastocado en otra cruel paradoja. Porque sé bien que la persona que más puede hacer por mí en estos difíciles momentos es el presidente Eduardo Frei. Y por tanto, yo, Pinochet, me veo abocado a confiar en que Frei sea mi salvador allende los mares, lo cual constituye una de las más grandes ironías que me ha deparado la vida.

Claro que en esto de las paradojas Frei tampoco sale muy bien parado, porque a pesar de su apellido, no es libre para decidir nada así es la democracia chilena y si me presta su apoyo supongo que con intereses es a causa de la presión de los militares y los círculos políticos próximos a mi persona.

También elogiaron mi labor de gobierno algunos próceres de la Madre Patria, de apellidos eclesiales y fungiformes, pero lo tuvieron que hacer con la boca pequeña, con sutiles sofismas, casi en privado uno de ellos lo era , y aun así provocaron un inesperado revuelo entre la opinión pública de aquel país.

Pero la labor frenética de Frei, de los próceres españoles, y aun la de un ministro de exteriores chileno socialista, y aun las declaraciones intempestivas como casi siempre de un ex presidente socialista español ¡qué curiosos aliados circunstanciales!

no parecen haber derribado el muro que se levanta frente a mí. Bueno, más que muro es una amplia casa de la campiña inglesa, donde me encuentro cómodo pero recluido, y eso no sienta nada bien a quien a estado acostumbrado a regir durante quince años un gran país. De hecho, ni siquiera me consuelan las visitas de Margaret Thatcher, que sin duda viene para quitarle hierro al asunto, tomar el mate de las cinco perdón, el té , sigo sin acostumbrarme a este caliginoso país, pucha y para hacerme salir en todas las portadas de los tabloides o para hacerse salir ella misma, quién sabe.

Y el tiempo pasa y pasa en la campiña inglesa, a las afueras de Londres. Y cada día soy más viejo, y tengo más achaques, más nostalgia de mi patria, mi escaño y mi poder.

Y presiento que voy a ver aquí si es que la niebla me deja la luz postrera. Así que yo, Augusto Pinochet Ugarte, correcto militar y político honrado, que he dedicado toda mi vida a perseguir con saña y con maña a miles de marxistas subversivos, ya anciano he cruzado océanos para acabar mis días en la misma ciudad que vio morir al mismísimo Carlos Marx.

EL JUEZ. Soy juez, soy de Jaén y nunca pensé que pudiera hacer cosas de este jaez. Pero es que soy juez. Nací en una familia humilde, que vivía de los olivos y a veces llegó a vivir en los olivos. Fui desde pequeño estudiante notable y obtuve becas que me permitieron seguir el camino del saber.

Pero lo cortés no quita lo valiente, y siempre que podía ayudaba a mis padres con los aperos de labranza, porque el hombre sabio también puede ser aceitunero altivo.

Llegado a los dieciocho años, con otra beca más, partí rumbo a Sevilla para comenzar mis estudios de Derecho. Alojado en un cuartucho de un pariente lejano tan lejano que apenas lo veía en la casa , sin más compañía que un flexo encorvado y herrumbroso, apuntes, hojas de ciclostil y desencuadernados manuales comprados de segunda mano, fui sacando adelante la carrera.

Nunca fui amigo de tunas ni de tunos, ni de tapeo con aceitunas, y ni siquiera me escapé a la playa de Zahara de los Atunes, como solían hacer en junio mis compañeros. Sabía que mi deber era estudiar y convertirme en un hombre de provecho.

No es de extrañar, por tanto, que acabara la carrera de Derecho con brillantez, para asombro de los niños ricos que sabían de mi humilde condición pero no se sabían los textos legales.

Y una vez licenciado, me dediqué a preparar con igual concentración las oposiciones para juez. Las saqué a la primera, como no podía ser de otra forma, y me destinaron a un pequeño pueblo de Huelva. Aguanté un par de años y esperé pacientemente otro destino para estar de vuelta en mi tierra natal: por fin conseguí ser juez en Jaén, para júbilo de mi padre jubilado, que así vio aliviada su humilde vejez.

Desde entonces todo han sido progresos, lentos pero constantes, hasta la alta condición que detento ahora. Ahora bien, ha sido una trayectoria larga y costosa, cuyo éxito se ha cimentado en mi sólido sentido del deber y mi fe ciega en la Justicia. Algunos me reprochan mi dureza, pero yo sólo he aplicado la ley, eso sí, haciendo gala de vez en cuando del sentido común que debe poseer todo juez.

Así, por ejemplo, he sido implacable con los ladronzuelos, porque creo a pie juntillas que si no se les paran los pies a tiempo llegarán a ser peligrosos delincuentes por eso mismo, tampoco veo mal la doctrina coránica de amputarles alguna extremidad.

Así pues, sus futuros efectos letales deben ser contrarrestados con medidas legales, por duras y desproporcionadas que éstas puedan parecer. Y entre los ladronzuelos, he sido especialmente duro con los que roban botes de café soluble, pues tengo la firme convicción de que lo hacen para mantenerse despiertos y así poder seguir robando.

Por cierto, que nunca he tenido en cuenta la distinción que establecen los leguleyos entre el hurto y el robo , pues me parece tan abominable hurtar algo a una víctima descuidada como robar algo mediante la fuerza y la coacción.

En consecuencia, he aplicado siempre a los reos la pena correspondiente al robo , por ser ésta la más severa. También he sido implacable con los estafadores, no porque se lleven dinero de los contribuyentes, sino porque lo hacen sin ofrecerles nada a cambio, y me parece que eso envenena el correcto funcionamiento de la sociedad.

Hasta he sido implacable con los testigos, porque son la base de la justicia. Yo siempre he dicho que un mal testigo es como un mal árbitro, y por ello les he exigido a los testigos, no a los árbitros una exhaustiva reconstrucción verbal de los hechos delictivos que han observado, porque un buen ciudadano no puede ampararse en excusas infantiles como el miedo, los nervios o la mala visibilidad.

Esa es la razón por la que he llegado a imponer castigos a testigos incompetentes, a pesar de las críticas de otros jueces sin duda celosos de mi eficiencia porque he de denunciar que en esta profesión no existe un verdadero espíritu corporativo al servicio de la Justicia.

Pero quienes me han sacado de quicio han sido los suicidas. Porque si todos los asesinatos son viles y ruines, creo que no hay nada más cobarde que matarse a sí mismo, pues entonces la víctima no tiene posibilidad alguna de defensa.

Y aunque he actuado con la máxima severidad en estos casos, debo reconocer que muchos de los reos se me han escapado. Lástima, porque entonces no he podido ir más allá en su busca, en parte porque no creo en el Más Allá, sino sólo en la Justicia. En todo caso, sigo manteniendo la convicción de que mi método era el correcto, y la prueba de ello es que fui ascendiendo en la carrera judicial hasta incorporarme a los juzgados más importantes de la capital y participar de forma destacada en los casos más importantes y en las polémicas que afectaban al mundo de la Justicia.

En este sentido, he de confesar que vi con enorme desconfianza la implantación en España de la ley del Jurado, a imitación del decadente sistema judicial anglosajón que cualquier españolito medio conoce mejor que el nuestro por ello, abogo por que la Jurispridencia española se incorpore al nuevo sistema de enseñanza obligatoria.

Y sigo pensando que esta ley del Jurado es un craso error: primero, porque como ya advertían los viajeros ingleses que recorrían España en los albores de la Edad Contemporánea, resulta más fácil poner de acuerdo a todo el Mundo que a una docena de españoles incluso si son doce hombres sin piedad ; segundo, porque los incultos ciudadanos carecen de los brillantes conocimientos jurídicos que tiene un juez y nunca sabrán captar los sutiles matices en que se basa la Justicia y además, el juez es siempre una sola persona y difícilmente puede entrar en contradicción consigo mismo, pues no sufre de esquizofrenia, a diferencia de ciertos escritores de dudoso prestigio.

Aun así, mi frontal oposición a la ley del Jurado fue duramente criticada por la prensa, ante la cual aparecí -para mi sorpresa- como un juez elitista, de acusado espíritu corporativista algunos afrancesados aún lo llamaban éprit de corps , desdeñoso con los incultos ciudadanos y distanciado del mundo real, ¡yo, precisamente yo, que me había criado entre los olivos!

Por ello, resultará obvio decir que nunca me he llevado bien con la prensa. Cuando me han buscado, les he hecho caso omiso, porque se sienten muy prepotentes se hacen llamar, nada menos, cuarto poder , justo detrás del nuestro y yo estoy acostumbrado a que todos me hagan caso sumiso.

Ahora bien, tampoco me ha irritado salir en algunas portadas, no por afán de notoriedad, sino porque ya es hora de que en este país se conceda la debida importancia a los que velamos por la Justicia, pues somos ciudadanos ejemplares y útiles, a diferencia de los artistas pendencieros, los empresarios corruptos, los deportistas dopados y las señoritas de dudosa reputación y eso concediéndoles el beneficio de la duda.

Por cierto, no me importa que los plumillas me llamen super-juez , porque el prefijo intensifica mi condición pero no la altera; en cambio, sí detesto la calificación de juez estrella , pues me equipara con la escoria que acabo de nombrar, altera mi humilde y honrada condición de juez y, además, preludia mi ocaso porque todas las estrellas acaban por apagarse, cosa que a mí no me ocurrirá.

Cansado de aplicar la ley con eficiencia, sentido común y -según mis detractores- dureza, y cansado también de las insidias de mis colegas y de la prensa, probé suerte en la política. Pero la política no es lo mío.

Yo estoy acostumbrado a dictar sentencias, pero eso de soltar largos discursos me viene grande, me parece ampuloso, falso y retórico. Yo soy conciso, sobrio, directo, quizá poco diplomático, y el mundo de la política es un mar todavía más proceloso que el de la judicatura, porque en la política las promesas nunca se cumplen ni siquiera las promesas que se hacen unos políticos a otros.

Es un mundo galopante, delirante e infernal. Y cansado de este trote, al poco tiempo salí de él. Pensará el lector que soy un fue, un es y un será cansado, pero lo cierto es que mis períodos de desengaño y abatimiento pasan pronto, porque me guía la fe en la Justicia, sólo comparable a la fuerza inagotable que guiaba a los caballeros andantes.

Por ello, pronto me recuperé y volví a mi alta dedicación en los juzgados de la capital. Y siempre sobre la base de mis firmes convicciones. He abierto tantos sumarios que no sé ni lo que suman, porque a mí no me interesa la adición sino perseguir la adicción a las sustancias que nublan el recto proceder.

Porque ahora ya no me dedico a condenar a ladronzuelos, estafadores, suicidas o testigos incompetentes, aunque echo de menos aquellos tiempos. No, ahora pico más alto, pero siempre en nombre de la Justicia, porque yo nunca he tenido afán alguno de protagonismo.

Son ahora las verdaderas lacras de la sociedad las que reclaman mi privilegiada atención: narcotraficantes, traficantes de armas, terrorismo de Estado y terrorismo contra el Estado. Y gracias a mi abnegada labor, sigo saliendo en las portadas, y aun en la televisión, con lo cual todo el mundo puede conocer mi dedicación a la Justicia.

Hasta tengo -no sé por qué- más guardaespaldas que los infames políticos y empresarios a los que persigo. En estos últimos meses he superado incluso la dimensión nacional y mi labor, firme y callada, ha sido conocida en todo el Orbe.

Espero que mi aportación al derecho internacional contribuya a poner algo de orden en este desalmado y caótico mundo que llega al fin del milenio. Para terminar, quiero advertir al lector que, a pesar de tan merecida fama, no me he endiosado.

No tengo intención alguna de aspirar a ser Juez Supremo, aunque sí quisiera llegar algún día a ser Juez en el Tribunal Supremo para poder servir mejor al sistema judicial de la mi país.

Porque a pesar de todo lo que digan de mí, sólo soy un Juez. Me siento asediado. Me siento cercado, defendiendo encarnizadamente los aledaños de mi ser.

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Author: Dinos

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