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Hitos Triunfadores de Inspiración

Hitos Triunfadores de Inspiración

La substancia y Inspiarción accidentes La materia, la forma y el proceso 2. Ferran Pellisé. En Inspiracinó, sobrevivió Hitos Triunfadores de Inspiración Inspitación Hitos Triunfadores de Inspiración selectivo de los Htos y se convirtió en la Columnas Ruleta Distribución del Premio Nobel más joven Hitos Triunfadores de Inspiración la historia. Todo forma parte del uso constructivo de la visualización. Considera de buen grado otras alternativas y puntos de vista divergentes. Esto significa ser honestos con nosotros mismos acerca de lo que salió mal y asumir la responsabilidad de nuestras acciones. En vez de desarrollar la intuición del ápeiron, lega una física elemental por partida doble, donde los ladrillos supuestamente últimos se conjugan de manera solo externa con el amor y el odio.

Hitos Triunfadores de Inspiración -

Sí, era mi arbolito serpiente, y tenía un montón de retoños en las puntas de las ramas. En las siguientes semanas los brotes se desarrollaron y salieron hojas. Ese ciclo se repitió durante varios años. A la postre me fui de casa y le dejé el arbolito a mi madre, que tan buena mano tiene con las plantas.

En una de sus cartas me escribió: «Pensé que tu arbusto asiático se había muerto. Estuve a punto de tirarlo, pero ya sabes que no me gusta botar una planta. Esperé un tiempo y volvió a brotar, más frondosamente que nunca».

La primavera siguiente fui a visitarla. La mayoría de mis hermanos ya se habían independizado, lo que le dejaba a mi madre más tiempo para la jardinería. El patio estaba precioso, lleno de fragantes rosales, y de pérgolas y enrejados cubiertos de flores.

Y en la terraza, trasplantado a una maceta más grande, estaba mi arbolito serpiente. Tenía casi un metro y medio de alto. Dicen que lo que una persona menosprecia puede ser muy cotizado por otra. El recuerdo de aquel árbol serpiente siempre pervivirá en mi corazón.

No es que me ponga sentimental por una planta; es porque me enseñó a tener esperanza. Algunas cosas parecen estar hibernando —unos cuantos sueños y aspiraciones—; pero el sol del amor de Dios, el agua de Su Palabra y unos pocos cuidados Suyos las harán brotar a Su tiempo.

Filipenses DHH Aunque Dios vive en la dimensión celestial, obra en el mundo real. No solo reparte recompensas de índole espiritual, sino también bendiciones tangibles, visibles y materiales, de esas que se miden en pesos, dólares y euros. Es Dios del Cielo y también del mundo terrenal.

Trasciende ambos mundos, manda y vive en ambos, domina y crea en ambos, y tiene poder para pagarnos en ambas monedas. Debemos aprender a confiar en que nos dará todo lo que nos haga falta, no solo lo espiritual —felicidad, una meta en la vida, paz interior—, sino también lo material.

Su poder y Su capacidad son más que suficientes para concedernos los bienes tangibles y prácticos que necesitamos, y además está deseoso de hacerlo. No debemos limitar a Dios con lo que pensamos que es capaz de hacer.

Hay que tener en cuenta que Su influencia se extiende a todo y que puede llevar a cabo milagros no solo en la esfera espiritual, sino también en el terreno físico. Puede concedernos bendiciones tanto prácticas como espirituales. Francamente, todos necesitamos muchas de ambos tipos.

Él se levantó y lo siguió. Mateo ¿En qué se diferencian Jesús y la religión? Tal vez hayas oído la siguiente analogía: «La religión es el puente por el que los hombres se acercan a Dios; Jesús, el puente por el que Dios se acerca a los hombres».

Si bien eso es muy cierto, la segunda parte representa mucho más de lo que cree la mayoría de la gente.

Al aceptar a Jesús como Salvador, entablamos por medio de Él contacto con Dios. La salvación es un acontecimiento que se produce una sola vez en la vida; pero nuestra comunicación con Jesús no debería ser así. Tampoco debería tener lugar una sola vez a la semana, o de Pascuas a Ramos. En realidad debería ser algo de todos los días.

Con el tiempo, esa comunicación cotidiana, directa y personal, va madurando hasta tornarse una relación profunda, dinámica y gratificadora tanto para Él como para nosotros.

La pena es que para cuando descubrimos que Jesús está vivo y se interesa por nosotros, la mayoría nos hemos pasado años abriéndonos camino en solitario. Como nos hemos vuelto más o menos autosuficientes y nos hemos acomodado a la realidad tal como siempre la hemos percibido, en un mundo en el que se prescinde de.

Eso nos lleva a la que quizá sea la segunda decisión más importante de nuestra vida, después de la de aceptar a Jesús: ¿Le daremos cabida en nuestra existencia diaria a fin de que nuestra relación con Él madure y Él pueda bendecirnos plenamente?

Ya consciente, ya inconscientemente, todos los días tomamos esa decisión. Aunque modificar nuestros hábitos y nuestro modo de pensar a fin de incluir más a Jesús requiere esfuerzo, las recompensas son inimaginables.

Cada vez que hacemos un esfuerzo por comunicarnos con Jesús, convirtiendo nuestros pensamientos en conversaciones con Él, Él se hace presente para escucharnos y asistirnos de formas increíbles y asombrosas.

Si vamos haciéndole cada vez más espacio, notaremos que cada día será mejor que el anterior. Isaías Aunque no recuerdo haber visto nunca un circo de pulgas —antiguo espectáculo callejero protagonizado por esos insectos—, encontré un artículo fascinante sobre cómo las entrenan. Las pulgas son capaces de dar enormes saltos para lo pequeñas que son.

Para amaestrarlas las colocan en una cajita o en un frasco. Si este no tuviera tapa, las pulgas se escaparían fácilmente de un salto. Así que el entrenador coloca una tapa y espera. Dentro del recipiente, las pulgas saltan, ansiosas por escapar.

Se dan contra la tapa y vuelven a caer. Una y otra vez saltan, se pegan contra la tapa y vuelven a caer.

Al cabo de un tiempo ya no saltan tan alto. Llegan casi hasta la tapa, pero sin tocarla. Pasado un tiempo, el entrenador retira la tapa. Si bien las pulgas podrían escapar fácilmente, ni siquiera hacen el intento.

Se han acostumbrado a saltar solo hasta cierta altura. Han llegado a la conclusión de que ese es su límite, de que no pueden hacer más, y no tratan de superar esa barrera. La libertad está apenas a un salto. Tienen tan poca inteligencia que no se dan cuenta de que el frasco está destapado».

Sin embargo, reflexionando un poco, nosotros mismos a veces también nos dejamos coartar por barreras imaginarias. Si luego de algunos intentos fracasamos, se nos derrumba la confianza.

Así, la próxima vez que se presenta la ocasión de hacer algo nuevo o de mayor envergadura, no nos animamos a abordarlo por considerarnos incapaces. La vida está llena de oportunidades de hacer borrón y cuenta nueva y empezar de cero. No desestimemos la enseñanza que nos dejan las pulgas.

Para qué dejar que los reveses sufridos o errores cometidos —al igual que la tapa inexistente del frasco de las pulgas— nos impidan saltar.

Con la ayuda de Dios podemos alcanzar nuevas alturas. Para tocarla es necesaria una orquesta. Halfrod Luccock Mejor son dos que uno, pues reciben mejor paga por su trabajo. Porque si caen, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del que está solo! Cuando caiga no habrá otro que lo levante. También, si dos duermen juntos se calientan mutuamente, pero ¿cómo se calentará uno solo?

A uno que prevalece contra otro, dos lo resisten, pues cordón de tres dobleces no se rompe pronto. Eclesiastés — Enséñame a cada paso a ser sincero y veraz; que si por Ti quiero hacer algo, lo debo hacer por los demás.

Crucifica mi egoísmo. Que quede atrás. Y que salga yo del abismo para vivir por los demás. Cuando aquí mi misión termine y prosiga donde Tú estás, que mi galardón yo olvide y piense aún en los demás. Quiero que ese, buen Jesús, mi lema sea de ahora en más: vivir como viviste Tú, pensando siempre en los demás.

Charles Meigs. A pesar de los altibajos, siempre habían logrado repuntar y mantener un buen grado de cohesión. De ahí que cuando la inspiración cayó inexplicablemente a niveles sin precedentes, la pareja a cargo se preocupó, y con toda razón.

Siendo gente de fe, que dependía mucho de la oración, pidieron a Dios que les indicara por qué el grupo pasaba por una época tan árida y cómo podían renovarse. La respuesta que recibieron fue breve y sencilla: «Se han olvidado del amor».

Todos andaban tan enfrascados en su trabajo que escasamente se manifestaban cariño y aprecio unos a otros, algo que en sus primeros años los había llevado a tener un gran espíritu de equipo. Para concluir la reunión, rogaron a Jesús que los ayudara a dedicar más tiempo a manifestarse amor.

Poco después el conjunto produjo la mejor música que había sacado jamás. Habían descubierto el secreto para trabajar en armonía y mantener altas cotas de inspiración. Todo gravitaba en torno a esas pequeñas expresiones de cariño y bondad. Si bien muchos no somos compositores, músicos ni cantantes, son pocas las personas que no forman parte de alguna colectividad, llámese familia, matrimonio, sociedad comercial, la plantilla de una empresa, una cuadrilla de trabajo, un equipo deportivo, un club o un círculo de amigos.

No podemos prescindir de los demás. Nos necesitamos unos a otros, y todos tenemos la posibilidad de optimizar nuestro entorno y animar a la gente que nos rodea. Las claves son el amor y la comunicación.

Como siempre, Dios quiere lo mejorcito para nosotros. Hagamos aflorar lo mejor en los demás, y Él hará aflorar lo mejor en nosotros. Algunas personas sueñan con el éxito, mientras que otras se despiertan y se esfuerzan por alcanzarlo. Camina prudente y valientemente. Por encima de ti hay una mano que te ayudará a avanzar.

Philip James Bailey. Juan Una de las cualidades que suelen tener los buenos líderes es que sacan a relucir lo mejor de los demás. Ya sean jefes, gerentes, capitanes de equipos deportivos u orientadores juveniles, en todos los casos han aprendido a centrar su atención no en los problemas, sino en las personas y sus posibilidades.

Cuando esos directivos ven que alguien está haciendo algo mal o trabajando improductivamente, en lugar de exasperarse o de intervenir y hacerlo ellos mismos, motivan a la persona a esforzarse hasta que le salga bien; y cuando lo logra, la elogian.

Los jefes probablemente podrían hacer la tarea mejor o más rápido; pero si esa fuera su reacción, acabarían por hacerlo todo ellos. Cuando hay mucho que hacer, el directivo debe delegar. Eso significa tener fe en los demás, instruirlos y elogiarlos. El directivo debe impartir la capacitación que haga falta y confiar la realización del trabajo a otras personas.

Estas necesitan creer que son capaces de hacerlo bien. Y por último el directivo debe elogiar el esfuerzo, por más que el trabajo no sea perfecto. A la larga las personas normalmente aprenden a hacer bien la labor. Muchos, sin embargo, se desmotivan si no se les señala otra cosa que los fallos que cometen o cómo podrían desempeñarse mejor.

Las personas confían en sus dirigentes cuando perciben que estos las estiman y se interesan por ellas. Esa confianza se cultiva velando por las personas, interesándose en ellas y prodigándoles elogios y expresiones de agradecimiento. Generalmente quienes son objeto de esos estímulos positivos suelen esmerarse por cumplir con las expectativas de su jefe.

Dale Carnegie —experto en relaciones humanas— dio un ejemplo de un jefe que entendía bien ese principio. Günter Schmidt trabajaba de gerente de una tienda, pero tenía un problema: una de sus empleadas era un poco descuidada a la hora de colocar los precios en las estanterías.

Los recordatorios y advertencias no dieron resultado. Habiendo recibido de los clientes más quejas de la cuenta, Schmidt finalmente la llamó a su oficina. En lugar de darle la reprimenda que ella se esperaba, le dijo que la nombraba supervisora de etiquetado de toda la tienda.

Estaría encargada de mantener todas las estanterías bien etiquetadas. Desde ese día la empleada cumplió la función satisfactoriamente.

Lo único que le hacía falta era que su jefe le demostrara confianza ampliándole sus atribuciones. Si no descubrimos ninguna de buenas a primeras, conviene mirar más detenidamente.

Pide a Dios que te indique las buenas cualidades que necesariamente tienen, pues Él ve en todos nosotros rasgos dignos de elogio y capaces de despertar el amor de los demás. Cuanto más te cueste descubrir las buenas cualidades de una persona, probablemente mayor será tu satisfacción y la suya cuando al fin las veas.

Si encuentras aunque solo sea una pequeña veta en alguien y la alumbras con un poco de amor en forma de elogios, la veta te conducirá directamente al filón principal. Esa persona se te abrirá, y hallarás que posee numerosas cualidades dignas de admiración. Colosenses NBLH Los malentendidos, sean cuales sean las circunstancias, irritan y fastidian, y más aún en el ámbito laboral, que ya de por sí suele generar bastante estrés.

Lleva tiempo cultivar buenas relaciones de trabajo, así que ten paciencia. Aquí tienes algunos consejos que pueden resultarte útiles: 1. Ocúpate de una sola cosa a la vez. Presta total atención al asunto que tienes entre manos y a las personas con quienes hablas.

Presta oídos a tus colegas antes de expresar tus propias ideas y opiniones. Nunca los interrumpas. Así no solo te beneficiarás de su experiencia, sino que les manifestarás respeto, y a la vez te ganarás el suyo.

Si es necesario, pide más información o aclaraciones. Muchas trabas en la comunicación se producen porque alguien, por orgullo, se inhibe de pedir más antecedentes o de admitir que no entiende lo que plantea su interlocutor. Considera detenidamente el asunto.

Define bien lo que quieres transmitir antes de empezar a hablar. Eso te ayudará a presentar tus ideas de forma más clara, más explícita y más directa.

Por ende, se reducirán las posibilidades de que te entiendan mal. Tampoco hay que exagerar. John Kotter manifestó: «La buena comunicación no implica que haya que hablar en oraciones y párrafos perfectamente construidos.

No se trata de ser muy pulido. La sencillez y la claridad dan excelentes resultados». Reconoce tus limitaciones. No tengas miedo de admitir que no entiendes o no sabes algo.

Ten conciencia de los mensajes no verbales. Casi todo lo que haces comunica algo a los demás. Tu puntualidad dice algo, al igual que la atención que prestas. Lo mismo sucede con tu lenguaje corporal, la expresión de tu rostro y el tono de tu voz.

Hasta el silencio habla. Las señales positivas abren vías de comunicación; las negativas las obstaculizan. Esfuérzate por comprender. Para entender a los demás, procura ponerte en su pellejo. Ten cuidado de no leer erróneamente el lenguaje corporal de una persona.

En la duda, pregunta. Brega por la unidad. Es más fácil trabajar codo a codo con los demás que en disputa con ellos. Evita los conflictos y choques buscando terreno común y cualidades dignas de admiración en tus compañeros de trabajo.

Mantén un enfoque positivo. Cultiva el espíritu de equipo haciendo hincapié en las tareas bien hechas y en los avances que se han logrado hacia la consecución de los objetivos trazados.

Aborda los problemas desde la perspectiva de cómo pueden resolverse en lugar de ponerte a buscar culpables. Si un miembro del cuerpo sufre, todos los demás sufren también; y si un miembro recibe atención especial, todos los demás comparten su alegría. Andrew Carnegie Los miembros de una tripulación nunca reciben alabanzas por la ruda individualidad con que manejan los remos.

Ralph Waldo Emerson Si yo pudiera resolver todos los problemas, lo haría. No solo se trata de una sensación agradable, sino de un elemento indispensable para ser feliz y desarrollarse bien.

Aunque eso es válido en cualquier ámbito, en ninguna parte se hace tan patente como en el lugar de trabajo. Cuando alguien es consciente de que sus jefes y compañeros de trabajo lo aprecian y lo valoran de verdad, es mucho más probable que haga un excelente aporte y trabaje bien en equipo.

Cuando los integrantes de un grupo de trabajo se dan muestras generosas de aprecio, el conjunto se fortalece y crecen las posibilidades de constituir un equipo ganador. El aprecio pone de manifiesto las mejores cualidades de todos.

Motiva a cada uno a hacer más, a esforzarse más, a contribuir más y a sentirse capaz de más y más satisfecho con la función que desempeña.

Si todos se estiman entre sí, se respetan y se manifiestan fe, la productividad y el optimismo del grupo se multiplican. Pensar bien de los demás es positivo, es un buen punto de partida; pero si no expresamos esos pensamientos, si no nos molestamos en.

No podemos esperar que nuestros compañeros de trabajo nos lean los pensamientos. Es preciso traducirlos en palabras o actos. La gratitud y el aprecio hay que expresarlos. Es mucho lo que podemos valorar en los demás, pero requiere un esfuerzo de nuestra parte.

Tenemos que intimar con ellos, conversar más con ellos y de temas más hondos. Procuremos ampliar nuestros horizontes, y no nos limitemos a estimar a los demás en función de lo que nos beneficia de forma directa y evidente.

Para cualquier persona significa mucho que alguien se interese en ella, que note detalles que son únicos o muy propios de ella y que le manifieste profundo aprecio.

Sea lo que sea que te haya frenado a la hora de prodigar elogios sinceros, hoy mismo puedes empezar a realzar las virtudes de tus compañeros de trabajo haciendo mención de ellas. No te canses de hacerlo. Marcos Decimos: «Es imposible».

Dios dice: «Para Mí todo es posible» Mateo Decimos: «¡Qué agotamiento tengo! Decimos: «Nadie me quiere». Dios dice: «Yo te amo» Juan y Juan Decimos: «No aguanto más».

Dios dice: «Te basta Mi gracia. Estaré a tu lado en la angustia» 2 Corintios y Salmo Decimos: «No lo entiendo». Dios dice: «Te revelaré los misterios» Daniel Decimos: «No puedo». Dios dice: «No hace falta que tú lo hagas.

Lo haré Yo» 2 Crónicas Decimos: «No vale la pena». Dios dice: «Valdrá la pena» Romanos Dios dice: «Yo te perdono» 1 Juan y Romanos Decimos: «No puedo salir adelante».

Dios dice: «Proveeré cuanto te haga falta» Filipenses Decimos: «No soy capaz». Dios dice: «Con Mi ayuda sí» Filipenses y 2 Corintios Decimos: «Tengo miedo». Dios dice: «No temas, porque Yo estoy contigo» Jeremías Decimos: «Todo son preocupaciones y contrariedades».

Dios dice: «Echa toda tu ansiedad sobre Mí» 1 Pedro Decimos: «Me falta fe». Dios dice: «A cada uno le he dado una medida de fe» Romanos Decimos: «Me falta inteligencia». Dios dice: «Te daré sabiduría» Santiago y 1 Corintios Decimos: «No tengo a nadie».

Dios dice: «No te desampararé ni te dejaré» Hebreos En , diez años después de su inauguración, la revista Mecánica Popular la incluyó en su lista de las siete maravillas del mundo moderno. Lo curioso es que esa formidable potencia permaneció inexplotada durante miles de años hasta que se emprendió la construcción de la obra.

La energía espiritual que Dios pone a nuestra disposición es semejante. Si bien tiene enormes posibilidades latentes, no le sacaremos ningún provecho a menos que reconozcamos su existencia,. Puede que hayamos prescindido toda la vida de ella. Es posible que nos hayamos arreglado bien y que estemos relativamente contentos.

Si continuáramos así no sería el fin del mundo. Sin embargo, nunca sabremos lo que nos perdemos. Y es que la energía espiritual de Dios es maravillosa.

Naturalmente que la represa de Itaipú no es la primera de su género. Quienes la concibieron y la construyeron se valieron de la experiencia de muchas personas, remontándose hasta los tiempos de la primera rueda hidráulica de paletas. Algo parecido sucede con la energía divina. Nuestros predecesores aprendieron a aplicarla y a explotarla; y nosotros somos los beneficiarios de los conocimientos y la experiencia que ellos adquirieron.

Porque Mi yugo es fácil y Mi carga ligera. Créeme que no hay nada que Yo no pueda hacer. Puedo ahorrarte horas y horas de trabajo encargándome de los aspectos invisibles de ciertas situaciones.

Hasta puedo encargarme de algunas de ellas antes que tú intervengas siquiera. Dime en concreto lo que quieres que suceda y déjalo en Mis manos.

No te preocupes ni te alteres. Tampoco tienes que andar inspeccionándolo todo para asegurarte de que hago la tarea. Ten fe. Eso aportará toda una nueva dinámica a nuestra relación. Aquí tienes la clave del éxito: déjame llevar una buena parte de la carga.

Eso es justamente lo que deseo. Encomiéndamelo todo en oración. Confía en que me haré cargo de los trabajos más pesados. Soy capaz de mover fácilmente algunos de esos obstáculos que parecen tan difíciles de retirar, y de hacer que todo encaje en su debido lugar.

Dame ocasión de ayudarte, de realizar parte del trabajo. Iré a cualquier parte, siempre que sea hacia adelante. David Livingstone. Lo que lleguemos a ser en este mundo mortal no tiene ningún sentido a menos que sea en bien del prójimo. Se nos han conferido dones y aptitudes para ayudarnos a servir.

Y el servicio a los demás nos hace madurar espiritualmente. Estamos en el mundo para ayudarnos mutuamente, para velar unos por otros, para entendernos, perdonarnos y servirnos unos a otros. Estamos en este mundo para abrigar amor hacia toda persona que haya nacido en la Tierra.

Betty Eadie. Y por último, ¿es capaz de guiarnos paso a paso en ese proceso? La respuesta a esas tres preguntas es un sí rotundo. Él sabe que en la vida se nos plantean interrogantes y dificultades, y quiere darnos respuestas y soluciones.

Para ello creó un sistema de emisión y recepción, un canal de comunicación entre Él y nosotros que nos permite hablarle en oración y también captar los mensajes que nos transmite a cada uno en particular. Aunque no te consideres muy espiritual ni te sientas muy cerca de Dios, no te preocupes, pues Él le habla a cualquiera que tenga la fe de un niño.

Desea hablarte y cultivar contigo una relación más estrecha, con el fin de mejorar tu vida. Quizá tengas una pregunta específica que hacerle. También es posible que no tengas nada en particular que preguntarle, pero sientas curiosidad por saber lo que Él quiere decirte.

En cualquier caso, una vez que le hayas expresado que quieres que te hable, esfuérzate por concentrarte y escuchar espiritualmente lo que Él te responda. A veces Dios nos habla recordándonos un versículo o un pasaje de la Biblia que hemos leído o memorizado.

Si ese versículo se aplica a la situación en que estás o a la decisión que te incumbe en ese momento, bien puede ser la solución clara y sencilla que buscas.

En otras ocasiones, es posible que el Señor te dé un mensaje que nunca hayas oído, que no había transmitido a ninguna persona con esas mismas palabras.

En algunos casos puede que el estilo del mensaje sea un poco formal; en otros, el lenguaje será sencillo y coloquial. El Señor puede expresarse como quiera sobre cualquier tema, aunque normalmente le habla a cada uno de la manera que le resulta más clara y reconocible.

Es fácil rechazar esa voz interior razonando que se trata de nuestros propios pensamientos, sobre todo cuando apenas estamos aprendiendo a escuchar al Señor. Lo importante es aceptar que es Él quien habla por medio de nosotros. Cuando le pidas con sinceridad que.

Dios sacia de cosas buenas a los que tienen hambre espiritual2. En el momento en que te venga un mensaje, procura no analizarlo, descomponerlo ni juzgarlo, ya que eso podría interrumpir el flujo. Eso sí, conviene estudiarlo más tarde.

Por eso, a menos que sea muy breve, es recomendable escribirlo o mecanografiarlo conforme te llega, para no olvidar ninguno de los detalles. Mientras recibes un mensaje de Dios puede que experimentes una diversidad de emociones.

Hay quienes se sienten dichosos o eufóricos; otros se ponen un poco nerviosos; otros rompen en llanto. Muchos, sin embargo —probablemente la mayoría— no sienten nada particular.

Hay también quienes a veces sienten algo y otras veces no. En todo caso, la validez del mensaje no depende de las emociones o sentimientos que suscite.

No te decepciones si la primera vez que guardes silencio y le pidas a Dios que te hable no te llega ningún mensaje largo y elocuente, aunque bien puede ocurrir.

Lo normal es que con el tiempo, a medida que adquieras experiencia y ejercites tu don de escuchar a Dios, los mensajes que recibas sean más detallados y completos. La práctica hace al maestro. Hay ocasiones en que el Señor te da la solución que necesitas con una sola frase.

Claro que antes de volver a tus quehaceres conviene que esperes un poquito, por si acaso quiere decirte algo más.

Por otra parte, una vez que compruebes que Él ha terminado de hablar, agradéceselo y confía en que las palabras que te comunicó encierran la solución que buscabas. También puede ocurrir que te distraigas tanto con otros pensamientos que no llegues a oír nada.

No te preocupes. A veces resulta difícil concentrarse. El Señor entiende nuestras flaquezas humanas. Te falta práctica todavía. El solo hecho de que lo intentes es señal de que estás haciendo progresos. No desistas. Procura tomarte unos minutos cada día para orar y alabar al Señor.

A continuación, preséntale la pregunta del día, por así decirlo, y quédate unos momentos escuchando Su respuesta o cualquier otra cosa que desee comunicarte.

Conforme vayas adquiriendo el hábito, se te hará más fácil escuchar a Dios. Si sigues fortaleciendo tu fe con la lectura de la Palabra escrita de Dios y cultivas asiduamente este don de Su Espíritu, Dios no te defraudará.

Él ha prometido hablarte, y no faltará a Su promesa. El capítulo 19 relata un tumultuoso episodio en el que huyó para ponerse a salvo de la malvada reina Jezabel y se ocultó en el desierto. Al cabo de un tiempo, Dios le indicó que se trasladara al monte Horeb.

Allí le dijo que saliera de la cueva en la que se había refugiado y se presentara delante de Él. Un fuerte viento azotó la montaña y desmenuzó unas piedras cercanas; luego sobrevino un terremoto, seguido de un fuego; finalmente se oyó un «silbo apacible y delicado»1. Dios no estaba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego; pero sí era Suyo aquel suave murmullo.

Tú también puedes recogerte y pasar un rato a solas con Dios. En Su presencia oirás Su voz y recibirás Sus palabras de amor y aliento, respuestas a tus interrogantes y soluciones a tus problemas.

Se hace así: Busca un lugar tranquilo donde nadie te vaya a molestar. Lo ideal es retirarte por un mínimo de 15 minutos. Lleva una Biblia o alguna lectura inspirativa, y también un computador portátil, o bien lápiz y papel.

Luego piensa en algún interrogante que quieras que Dios te aclare, o en algún problema o inquietud sobre el que deseas que te hable. Puede ser algo que simplemente suscite tu curiosidad.

Permanece en silencio y escucha lo que te diga. Quizá te recuerde algo que has leído en Su Palabra, o te traiga a la memoria algo que has visto o escuchado, o te dé un mensaje en palabras o en imágenes.

Escribe lo que te venga al pensamiento para poder consultarlo más adelante. Finalmente, agradécele que te haya hablado. Es natural que mientras aprendes a sintonizar Su voz la confundas con tus propios pensamientos. Sin embargo, a medida que adquieras práctica sabrás distinguir lo uno de lo otro, sobre todo cuando te diga cosas que nunca se te habrían ocurrido.

Dios, por Su poder, nos ha concedido todo lo que necesitamos para la vida y la devoción, al hacernos conocer a aquel que nos llamó por Su propia grandeza y Sus obras maravillosas.

Por medio de estas cosas nos ha dado Sus promesas, que son muy grandes y de mucho valor, para que por ellas lleguen ustedes a tener parte en la naturaleza de Dios y escapen de la corrupción que los malos deseos han traído al mundo.

Son promesas que Él tiene intención de cumplir. Nos las ha dado Dios, que es veraz y nunca miente. Él no exagera. No abulta Sus promesas para enaltecerse a Sí mismo o para confortarnos.

Nos hace promesas porque desea que las creamos y le exijamos que las cumpla, a fin de poder concedernos todo lo que nos tiene reservado.

Si bien esas promesas no son falsas, sí son condicionales. Si cumplimos esos preceptos, hay garantía de que las promesas se harán realidad, no forzosamente como nosotros queremos o nos imaginamos, sino de la manera y en el momento que a Dios le parezca más conveniente.

Dios, como el padre sensato y amoroso que es, siempre sabe lo que es mejor para nosotros, y le encanta dárnoslo. Ese es el factor Dios. Anónimo ¿Quién de ustedes, deseando edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo, para ver si tiene lo suficiente para terminarla?

No sea que cuando haya echado los cimientos y no pueda terminar, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él, diciendo: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar». Lucas —30 NBLH. Proverbios NBLH Está muy bien armar castillos en el aire, pero no se cristalizarán sin un plan realista que indique paso por paso cómo edificarlos.

Hoy en día contamos con estaciones espaciales, pero no aparecieron de la nada. Keith Phillips Al hacer nuestros planes debemos recordar que en definitiva Dios es dueño de la situación y que es capaz de cambiar la disposición de las personas, de alterar cualquier circunstancia y de lograr lo que nosotros no podemos hacer.

Lo que parece lógico para la mente humana suele tomar un cariz distinto cuando introducimos a Dios en la ecuación. Ese nuevo factor puede neutralizar inclusive las leyes de la naturaleza y hacer realidad lo imposible; y se activa mediante nuestra fe.

James Wyatt Desempolva tus sueños, echa mano de las promesas de Dios, aprovecha Su poder y prepárate para un futuro abundante en emociones y éxitos. Salmo NBLH Aun los mejores montañistas necesitan un guía cuando se aventuran por montañas que no conocen. Es más, solo un novato imprudente prescinde de guía, un novato como yo.

Hace años, estando de vacaciones en los Alpes suizos, un amigo y yo decidimos subir a un cerro cercano. en entrevistas de trabajo: cómo enfrentarlas según científicos de Harvard. Metaverso: buscándole el sentido y haciéndole lugar a un nuevo universo.

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CATEGORÍA POPULAR. Privacidad Términos y Condiciones Advertisement Contactenos. Correo electrónico: [email protected]. Te recomendamos leer:. El deseo de comer evoca llanto, y si ese ritual instintivo cuenta con cuidadores producirá lo buscado. Casi tan espontáneamente como el niño llora el hombre religioso reza, prescindiendo ambos de que cualquier modificación del medio requiere un conocimiento imparcial de las circunstancias, y actos acordes con ello, cuyo denominador común es un trabajo u otro, entendiendo por ello «paciencia ante lo negativo» Hegel.

La magia suplica lluvia en verano, y el trabajo construye aljibes para recoger la del invierno; pero hacer cisternas requiere nociones acertadas sobre muy diversas cosas, previsión y, sobre todo, digerir la certeza de que el mero deseo no basta para crear lo deseado.

Técnicas y ciencias son el fruto de aceptar el camino laborioso e indirecto, la mediación del deseo, frente al «sueño de omnipotencia» Freud inspirador de su expresión ritualizada, que solo puede prevalecer en un mundo agitado por innumerables fantasmas, domados con ceremonias dirigidas a anular el ataque de algún ser solo supuesto, y uno de los invariantes en pueblos ágrafos es remitir cualquier infortunio a dardos y males de ojo lanzados por brujos.

Jerarquizados por lo fundamentales que sean para individuos y grupos, todos los objetos son dioses a su manera, y ninguno trasciende tampoco el carácter de un interlocutor que otorga o niega anhelos. Si se prefiere, el deseo no templado por admitir la objetividad de la naturaleza multiplica lo sobrenatural al precio de hacer ubicuo el delirio persecutorio.

Paralelamente, oscilar de un conjuro a otro aplaza concentrarse en obras colectivas como la escritura, impidiendo de paso la acumulación de memoria suficiente para asumir empeños industriales, o siquiera descubrir una agricultura no pueril.

La existencia transcurre idílicamente según algunos —los nostálgicos del buen salvaje—, y, en todo caso, al margen de la complejidad.

El carácter idílico de dichos grupos tiene una de sus ilustraciones más informadas en Tristes trópicos , la obra maestra del antropólogo Claude Lévi-Strauss. Vitalidad y metáfora: la semilla del sentido Por lo demás, el talante mágico no puede reducirse a proyección irreflexiva.

El egiptólogo Henri Frankfort adujo que la diferencia fundamental entre el hombre antiguo y el moderno es que para el segundo los fenómenos de la naturaleza son impersonales y neutros, mientras para el primero son en general un «tú», situado a caballo entre lo pasivo de la impresión y lo activo de la fantasía.

Algo parejo sostuvo Ernst Cassirer, cuya monumental Filosofía de las formas simbólicas concibe el pensamiento prefilosófico como un universo misterioso, elocuente e intenso, rebosante de vitalidad, que antes o después desemboca en leyendas, donde lo real empieza a insinuarse a través de nexos antes despreciados, como crece la percepción del infante diferenciando lo efectivo de lo pretendido.

De ahí que el primer paso de la voluntad hacia la inteligencia llegue con algo tan inconsciente como la metáfora, vinculando elementos heterogéneos mediante analogías. De manera metafórica se articulan lo excepcional y lo natural, lo interior y lo exterior, el rito y su justificación.

Ju-Ok, el creador, hizo una gran vaca blanca que surgió del Nilo, dando nacimiento a un niño y amamantándolo. Ejemplarmente esquemática, esta leyenda de los shiluk modernos subraya el abismo entre ágrafos y letrados al contrastarse con otra leyenda del antiguo Egipto, que corresponde a las riberas del mismo río y contempla también una generación: Atum, el hombre primordial, surgió de las aguas.

Sus primeros hijos fueron el aire y la humedad, que engendraron la tierra y el cielo. En ambos casos, un grupo humano ofrece explicaciones sobre el origen, en el primero de ellos limitando el portento al amamantamiento directo de un niño por parte de cierta vaca, con un desinterés hacia consideraciones cosmogónicas que apunta no tanto a una reflexión como a poner en palabras determinado culto previo.

La distinción entre aire y vacío no será planteada de modo explícito hasta Anaxágoras, y aunque el estado gaseoso del agua podría ser una certeza muy anterior, la leyenda egipcia ofrece en el siglo XXI a. una cosmogonía desarrollada, que reconduce la diversidad del mundo a una combinación de los cuatro elementos, mediada por el hombre mismo.

Esto indica que la inteligencia es ya capaz de separar y reunir —analizando en sentido estricto—, y que el tránsito del lenguaje denotativo al discurso metafórico-analógico se ha consolidado, hasta manejar fluidamente la noción de génesis.

Una evidencia inmediata como la fertilidad animal logra extrapolarse hasta ofrecer matrices combinatorias para el de algo surge todo, convicción inmemorial que se mantiene de alguna manera sorda y muda antes de desdoblar al ser humano en dioses y hombres.

Por su parte, eso supone que la leyenda haya pasado de su forma oral a escritura, y, en vez de ceñirse a nombrar esto y lo otro intuya relaciones que explican el mundo por primera vez, construyendo mitos a tales efectos.

La trivialidad se jacta de no discurrir en términos alegóricos sino realistas; pero cualquiera de los mitos célebres contiene expresiones concisas y profundas sobre la experiencia, donde el señuelo de contar la historia de otros permite al mitógrafo contarnos la nuestra, cosa conmovedora y oportuna siempre.

Platón fue uno de los pocos mitógrafos con nombre propio, aunque ninguno de los grandes pensadores habría dudado en completar su propia obra proponiendo uno o varios, pues esa forma indirecta de invocar lo general desde casos singulares no está reñida con el sentido crítico, como suele estarlo el rito.

Por lo demás, fue casi siempre un espíritu tan anónimo como el del refranero quien elevó la metáfora a alegorías del tipo encarnado por Gilgamesh, Noé, Sísifo o Ulises, donde lo inesencial es alguna existencia efectiva, y el núcleo lo forman conflictos recurrentes de la condición humana.

Cuando Grecia descubra la democracia esta tradición inspira dramas como el de Sófocles, que se sigue escenificando por su capacidad para ilustrar los trances desgarradores del cambio social.

La misma atención al conflicto urdido por el progreso ilustra el sacrificio de Ifigenia para auspiciar la expedición a Troya, testimonio de prácticas que se habían tornado monstruosas poco antes, y de ahí que la versión de Eurípides lo edulcore con un salvamento protagonizado a última hora por Hércules.

Ese retoque confortó a los ultrajados por cualquier sacrificio humano, gentes que apenas existían antes de aprobarse constituciones adaptadas al principio un hombre un voto. Sin embargo, el mito no solo describe encrucijadas, y en más de un caso justifica cultos, con crónicas tan coloristas y concisas como la del pecado original: La serpiente preguntó a Eva si Dios le había prohibido comer algún fruto del jardín.

También dio algunos a su hombre, y él los comió. Entonces los ojos de ambos se abrieron, y descubrieron que estaban desnudos, por lo cual se cubrieron entrelazando hojas de higuera Génesis 3, El escriba encuentra así un modo gráfico de afirmar que la naturaleza humana lleva consigo separarse de la vida animal, donde la inocencia y la inconsciencia coinciden.

En otras palabras, asumir la responsabilidad de una conciencia nos equipara con los dioses por vena creativa y discernimiento moral, aunque descubre al tiempo la necesidad del dolor y la muerte, reclamando de inmediato nuestro esfuerzo. Y dijo Dios a Adán: «Porque has escuchado a tu mujer, y comido del árbol que te prohibí, maldigo el suelo que pisas.

Con trabajo obtendrás el alimento de cada día. Te ofrecerá espinas y cardos, condenándote a comer plantas salvajes. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas al suelo del que saliste, porque polvo eres y allí regresarás» Génesis 3, Yahveh ha lanzado maldiciones comparables a la mujer y a la serpiente líneas antes, pero aquí solo nos interesa cómo el Edén, los distintos árboles y el resto de circunstancias particulares son conceptos dramatizados.

Un creador descontento con criaturas díscolas, el humano destino del trabajo y la escisión del bien y el mal escenifican la situación de un sujeto que lamenta dejar atrás el reino de las pautas instintivas, y siquiera sea secretamente se enorgullece también de haberlo hecho.

Docenas o centenares de páginas escritas en prosa analítica difícilmente mejorarían lo trasmitido por el escriba en doce líneas, cuya grandeza descansa sobre un discurso que todos entienden, sin degradarse tampoco a moraleja simplista.

Variantes de lo sacro En la mitología sumeria, por ejemplo, esta ruina de lo natural inmediato al consolidarse la cultura irrumpe con la historia del salvaje Enkidu, compañero del semidiós Gilgamesh, que vivía entre los animales y hablaba con ellos; pero al ser iniciado en el amor carnal gracias a una ramera sagrada, sacerdotisa de Ishtar, deja de poder comunicarse con las bestias y ser obedecido por ellas.

Cuando Enkidu muera —tras insultar a Ishtar, la Venus sumeria—, a su amigo Gilgamesh no le queda sino «seguir adelante» con la carga de finitud e indigencia adherida a la condición humana. No encontramos en ese contexto el rechazo del trabajo, concebido como castigo primario en la alegoría de Eva y Adán, sin duda porque la esclavitud todavía no se había convertido en pauta laboral, y en vez de muchos siervos por cada hombre libre —como en la Atenas recién derrotada por Esparta— reinaba la proporción inversa.

Cuando la sociedad esclavista europea empiece a colapsar, desde el siglo XIII , el trabajo experto se irá concibiendo cada vez más inequívocamente como la principal bendición humana.

El mismo procedimiento de dramatizar conceptos, y finalmente el mismo conflicto, informa otro de los mitos señeros en la cuenca mediterránea, que refleja el paso del Paleolítico cazador y nómada al Neolítico agrícola y sedentario. Dejando caer la perla conceptual oportuna —a saber: que solo los humanos aseguran a los inmortales «no carecer de honores»—, el anónimo llamado Himno homérico a Démeter añade que los dioses se reunieron en cónclave para suspender la catástrofe, y alcanzaron el compromiso de que Perséfone pasara parte del año junto a Hades, y parte en la superficie, junto a su madre.

Esto ilustra el ciclo del cereal granado —regalo primordial de Démeter—, cuya existencia alterna la fase de florecimiento con la de espora o semilla, y la conmemoración del acuerdo funda los Misterios de Eleusis, que al menos durante milenio y medio fueron la institución pagana más prestigiosa, símbolo último de la cultura grecorromana, donde, tras esperar lustros y décadas, los millares de peregrinos mystes reunidos cada año en Atenas —venidos de los cuatro confines y pertenecientes a todos los estratos sociales, sujetos a la única condición de no haber incurrido en homicidio— atravesaban un trance de muerte y resurrección capaz de enseñar «el sentido de la vida» Píndaro , y «hacer tres veces felices a quienes partirán hacia el Hades» Sófocles.

Sabemos que los administradores de estos Misterios distribuían una papilla compuesta por harina y menta, y hasta hace poco la eficacia infalible de su rito —capaz de conmover a intelectos tan realistas como Aristóteles, Cicerón y Marco Aurelio, sin producir un solo testigo decepcionado por la experiencia— ignoró la posibilidad de refuerzos químicos, a despecho de que en todos los continentes y desde tiempo inmemorial los chamanes usen plantas y hongos psicoactivos para sus ceremonias iniciáticas.

Todo el resto sobra, porque los alcaloides más tóxicos no son hidrosolubles, y basta mezclar ese poso con harina de cereal no atacado por el cornezuelo para evocar provocar trances intensos de ebriedad en la multitud de peregrinos, que recibían la papilla al caer la noche y «viajaban» hasta rayar el día.

Es verosímil que los chamanes de Eleusis combinasen dicha ingesta con lecturas del himno a Démeter, música y danzas, a la luz de hogueras y hachones que difícilmente evitarían zonas de penumbra, en un recinto tan vasto como el que se conserva; pero la oscuridad promueve la introspección buscada, y hasta qué punto esos «psicopompos» se precavían de peregrinos inidóneos lo índica que meses antes seleccionasen a los aspirantes celebrando unos Misterios «menores».

Nadie podía repetir iniciación, y todos juraban por su vida mantener la más absoluta reserva, si bien unos pocos —entre ellos Alcibíades— fueron acusados de profanar la iluminación administrándose el brebaje en privado, y condenados por impiedad.

Dos generaciones antes, Esquilo evitó el castigo previsto para indiscretos, alegando que mencionar en una de sus tragedias la espiga de cereal mostrada a los peregrinos no le había parecido sacrílego, y en todo caso pedía perdón. De hecho, una de las más bellas y famosas vasijas griegas, del siglo V a.

Myo, raíz de mystes y mysterion, significa «cerrar la boca», «callar», y el secreto riguroso reforzó la iluminación buscada, deslindando su experiencia de ebriedades profanas.

Demolido a principios del siglo V por obispos cristianos —concretamente los arrianos que acompañaban al godo Alarico—, la desaparición de este santuario prehomérico marca la decadencia de un paganismo que había fundado ritos análogos en toda la cuenca mediterránea, unas veces con Misterios itinerantes como los de Isis, Serapis y Dionisos, otras sedentarios como en Andania, Sabazios, Samotracia o la propia Eleusis.

Velados tradicionalmente como fenómenos de simple credulidad, coordinaron botánica psicoactiva con cultos sin ortodoxia que los europeos no volverán a encontrar hasta el descubrimiento de América, porque la comunión ofrecida por los hierofantes eleusinos no fue una profesión de fe como la ofrecida por el monoteísmo judio- cristiano y el islámico.

Entretanto, la proverbial tolerancia pagana cedió paso a una cacería de herejes, literalmente «los de otra opinión». Dicha sobredeterminación enriquece los ritos arcaicos con un sentido intelectual propiamente dicho, donde el pensamiento discierne estratos de significado y los combina, intuyendo relaciones como coexistencia, exclusión y sucesión.

La luz ofrecida por ellas torna progresivamente arduo sostener el sueño de omnipotencia. La ironía implícita en el mito mueve de un modo u otro a considerar las razones de la muerte, y las consecuencias de la civilización, introduciendo como mensaje subliminal una renuncia al nexo inmediato del impulso interno con lo exterior.

Descubrir en la oposición el fondo último determina que el Sol haya de «vencer» cada día a las tinieblas, los dioses benéficos a los maléficos, los héroes a los monstruos, el orden al caos, las aguas al fuego y el fuego a las aguas; pero esto no está lejos de reconocer que el hombre debe vencerse a sí mismo, dominar el miedo, someter sus inclinaciones más particulares a lo común, hacerse capaz de soportar su propia insignificancia en el concierto cósmico.

Para quien lo logre el premio es un presentimiento oscuro aunque consolador: conocer, y no solo invocar, los principios de las cosas. Entretanto, la gran cuestión pendiente seguirá siendo si lo sagrado puede desligarse de la violencia en sí, denominador común de invocaciones canalizadas mediante sacrificios sangrientos.

La unidad de las unidades Los restos humanoides más antiguos parecen corresponder al Pleistoceno, una era de grandes glaciaciones donde controlan ya el fuego y utilizan instrumentos de sílex, un tipo de piedra astillable, siendo las presas casi única para el león de las cavernas, una criatura extinguida progresivamente por la propia conquista del fuego.

Hacia el a. Individuos representados con bastón de mando coexisten con signos de veneración por la fecundidad y canibalismo ritual. Sobre ese marco de costumbres incide el cuarto período glaciar —llamado de Wurms y concluido hacia el —, que torna estéril buena parte del territorio.

A dicho desafío las hordas responden quizá con novedades como domesticar e hibridar animales. Cadáveres incinerados, atados e inhumados en tinajas apuntan a un culto al antepasado, que acabará diferenciando estirpes por el número de ancestros a quienes honra con ofrendas cotidianas, y entre el cuarto y el quinto milenio comienza lo que Gordon Childe llamó Neolítico, donde hay cultivos, cría de rebaños numerosos, cerámica, cestería, tejidos y avances en la construcción, representados por ladrillos y megalitos; el transporte fluvial usa barcas de piel y el terrestre carros de ruedas macizas, pues la metalurgia constituye un arte que progresa más lentamente.

La consecuencia de estos cambios fue un incremento de población, que al coincidir con hielos perpetuos sobre grandes extensiones impuso migrar hacia cuencas fluviales, creando «culturas hidráulicas» Wittfogel donde el trabajo se diversificó y jerarquizó; tras el rey-pontífice aparecen sacerdotes, guerreros, funcionarios, artesanos, comerciantes, labradores, clientes y siervos.

Entretanto, el fortalecimiento de la interdependencia creó una prestación gratuita de trabajo personal, la corvea, y una entrega de bienes a título de tributo que precede a la ciudad-mercado, una institución en principio teocrática, donde las representaciones sobre un juicio posterior a la muerte alternan con sacrificios rituales.

Textos descubiertos hace relativamente poco muestran que rezaba a un Dios no tanto severo como donante de vida, presentando como principal ofrenda un ánimo de agradecido reconocimiento. Sobre las tumbas de Tel-el- Amarna, la efímera capital que fundó, vemos junto al tradicional dios solar con cabeza de halcón una imagen nueva, que representa al propio Sol como un disco desnudo, desde donde parten rayos en todas direcciones.

Cada rayo termina en una mano, que sujeta el símbolo de la vida. Este monoteísmo naturalista y elegantemente racional podría ser el origen de la religión judía [1] , y resuena en un himno a la deidad generosa como el salmo No obstante, los judíos acabarán venerando a cierto sujeto no definido por la magnanimidad «Yo, Yahveh, soy un Dios celoso» y sin rastro de naturaleza física, que no cesa de dar órdenes e impartir castigos.

Su insistencia en la destrucción de cualquier culto distinto del suyo ha llevado a considerar hasta qué punto fue en origen no tanto un monoteísmo como una monolatría, centrada en prevalecer sobre deidades vecinas. Sea como fuere, ni la casta militar egipcia ni la sacerdotal aceptaron las reformas de Akhenaton, que quizá fascinado por su intuición descuidó el gobierno del reino, y el politeísmo tradicional no tardó en restablecerse.

El ejército de aliados y adversarios locales que cada chamán conjuraba es invitado entonces a reconocer el imperio de ese tercero trascendente, cuyos mandamientos y epifanías jubilan el mal de ojo y los dardos maléficos.

En lugar de conjuros se elevarán súplicas al ser supremo, esperando de su benevolencia tal o cual don. Hábito y sonambulismo Los cambios unidos al desarrollo de la escritura y las primeras técnicas sugieren que los mitos precedieron a los ritos, aunque lo contrario parece más verosímil, como empezó observando Hegel.

Medio siglo después, Robertson Smith —en su tratado La religión de los semitas — propuso que los primeros cultos debieron ser una especie de danzas, de alguna manera similares a los movimientos de pataleo y gesticulación que ejecutan los niños ante ciertos impulsos y estados, así como los propios adultos en situaciones críticas.

Con el tiempo esos ceremoniales instintivos se irían retocando y decantando, hasta producir algo análogo a una reflexión. De hecho, la antropología comparada nace gracias al acopio y coordinación de datos sobre Mesopotamia, Israel y Arabia, acometida precisamente por Robertson Smith junto con algunos colegas suizos y alemanes, que su amigo Frazer ampliará poco después al resto de los continentes, culminando un esfuerzo ciclópeo que los hallazgos arqueológicos ulteriores confirmaron en buena medida.

Lo único discutible iba a ser la hipótesis de un matriarcado originario —que los pueblos semitas habrían derrocado al estatuir la «androcracia» belicista y expansiva de los pueblos arios—, pues seguimos sin saber apenas nada sobre el periodo conjeturado por esos sabios, y los adheridos más tarde a su criterio [2].

Así como este se convierte en cliente suyo, la tribu se torna cliente de la nueva deidad, y si el grupo dispone de la cohesión interna requerida, podrá convertir a su patrón en dios único. Expulsado del púlpito por sugerirlo, y afirmar que la Biblia «no es literalmente veraz», la Inglaterra de Robertson Smith respetaba ya lo bastante con el conocimiento como para ofrecerle a cambio una cátedra de Filología en Cambridge, desde donde tuvo ocasión de enseñar que «la verdad es consistente, progresiva e imperecedera, mientras cualquier falsedad es autocontradictoria y acaba desintegrándose».

Dichos rasgos empiezan caracterizando por igual a la verdad dogmática y la científica, aunque una sea revelada para siempre y otra se establezca por sucesivas falsaciones Popper de sus propias ideas.

A diferencia de la sensación, la idea es sinónimo de pensamiento reflexivo, y al preguntarnos de dónde podría venir la idea fija —que rechaza mantenerse abierta al pensamiento— viene en nuestra ayuda la zoología, y en particular el hieratismo ritual.

Gracias a los etólogos, sabemos que, además de actos resueltos sobre la marcha y movimientos instintivos —relacionados con nutrición, higiene, territorio y reproducción—, hay una tercera y caudalosa fuente de conducta, inexplicable en función de esquemas innatos y deliberaciones, cuya constante es prolongar rituales aprendidos.

Según Konrad Lorenz, «su forma imita la de una pauta de conducta variable», sin dejar de ser «un nuevo movimiento de índole instintiva», tan autónomo como comer, huir, acoplarse o agredir: Para un ser vivo que no comprende las relaciones causales, es muy útil poder aferrarse a la conducta que una o varias veces ha resultado inofensiva, sin interferir con el fin buscado.

A su juicio, la importancia de este mecanismo es a la larga tal que «todo nació para reforzar el efecto de cierto movimiento ritualizado», pues equivale a intentar moverse con prudencia en un medio esencialmente misterioso, donde se impone una adaptación a tientas, como la del ciego sin lazarillo, incapaz de mantenerse quieto aunque cada paso lleve quizá al precipicio.

Nuestra especie dejó de ser un agente atado a la ritualización por simple ignorancia, aunque sería inexacto afirmar que cultivamos por norma una conducta flexible, basada en pesquisas sobre las «relaciones causales». Tanto como animales reflexivos somos animales de costumbres, hechos a vivir respetando ceremonias heredadas, y sumisos a las rutinas de cada marco cultural como una hormiga a las del hormiguero.

También es cierto que con nosotros empezó a ver el ciego, precisamente ampliando el comportamiento guiado por experiencia e inventiva a costa de la esfera hierática, y que el espíritu técnico-científico resultante goza de buena salud. Adoptar hábitos no veda una consolidación del libre examen, y lejos de aborrecer toda ceremonia —cosa a fin de cuentas imposible, e incluso quizá nefasta—, la prudencia sugiere intentar escogerlas tan ecuánimemente como posible sea.

Pocos pretenden hoy herir rompiendo una vasija donde esté escrito el nombre de su enemigo, o manipulando un mechón de pelo suyo; pero se olvida a menudo que ese desplazamiento del mal fundó instituciones como las dieciocho fiestas anuales dedicadas por los aztecas al asesinato de adolescentes vírgenes, y hasta un dios de la lluvia —Tlaloc— que solo se aplacaba con la ofrenda de niños pequeños.

Lejos de ser otro entre los azares inherentes al movimiento sonambúlico, las terapias transferenciales van unidas siempre a un panteón vampírico, con figuras como el propio Tlaloc, requerido de lágrimas infantiles para moderar la sequía.

Aunque ningún pueblo antiguo resistiera la tentación del recurso a un chivo u otro, solo algunos cultivaron sistemáticamente los sacrificios humanos, ofreciendo un testimonio de infelicidad colectiva quizá indisociable de aquello llamado antes paciencia de lo negativo —disposición a mitigar lo inhóspito del mundo con trabajo—, base para optar por la intimidación del prójimo, en detrimento de llegar a acuerdos con él.

Aquí coinciden espartanos, polinesios, jíbaros, celtas, zulúes y mayas, culturas más inclinadas al augurio que a perfeccionar el arado o la rueca, gracias a las cuales persistió una identidad de sagrado y la violencia.

Pero hasta los aztecas tuvieron terapias alternativas a la del chivo —de hecho, su botánica medicinal deslumbró a los boticarios europeos—, y para explicarnos el recurso sistemático a dioses ávidos de sangre parece realista tomar en cuenta el valor de lo laico en unas y otras sociedades.

La magia mesiánica Todavía en el año de Woodstock, el Pol Pot de Guinea Ecuatorial, Macías, planteaba como remedio infalible los caldos de recién nacido, una medicina transferencial potenciada por las virtudes regeneradoras del canibalismo sagrado; y tampoco hace falta recurrir a culturas e individuos excepcionalmente nauseabundos para topar con la creencia de que el mal propio puede ser absorbido por otro, pues todo linchamiento cumple dicha esperanza de manera más o menos explícita, arropado cada agresor individual por su incorporación a una masa de acoso.

Pioneros en tantos campos, los griegos fueron también los primeros en denunciar lo inútil del mecanismo expiatorio, mediante un ataque simultáneo de la medicina científica y los padres del género trágico. Hipócrates afirmó que la cura sacrificial es una divisa de charlatanes incompetentes, y Esquilo tronó contra el sacrificio de Ifigenia para auspiciar la toma de Troya como obra de «sacerdotes dementes y autócratas».

Vale la pena tener presente también que en griego clásico phármakon significa «droga» en su triple sentido de «remedio, veneno y cosa portentosa» , mientras pharmakós significa «chivo expiatorio», y las religiones mistéricas premonoteístas —empezando por el rito eleusino— combinan de manera inextricable magia, farmacia y religión.

Los cultos helénicos son ajenos a la institución del sacrificio transferencial, sobre todo si se comparan con cultos como el judeocristiano, donde innumerables infieles serán purificados en la hoguera por su propio bien, unido al de los demás, y ya Adán y Eva podrían considerarse una variante light del pharmakós.

De inexagerable repercusión sería que él —y algunos otros israelitas ulteriores como Simón bar Kokhba— fusionasen al chivo expiatorio con el líder ansiado maschiach en hebreo, christos en griego, mahdi en arábigo , precisamente cuando la ceremonia de pagar y cobrar por otro empezaba a parecer una antigualla bárbara.

De hecho, bastó reunir al individuo usado como esponja para las impurezas con un ángel exterminador, ariete de los descontentos, para que el desprestigio de la transferencia mágica se invirtiese, gestando en aquellos confines la fe militante del fanaticus de fan: «templo» , un sujeto tan desconocido como inicialmente absurdo para el grecorromano.

El desprestigio de los sentidos La primera figura capaz de creer antes de ver, ignorando el sentido crítico convencional, fue el Abraham adoptado por judíos, cristianos e islámicos, que Génesis presenta como uno de los terratenientes más prósperos de la zona, con rebaños compuestos por miles de cabezas y centenares de siervos.

Al pedirle Yahveh la sangre de su hijo Isaac, el patriarca no mostró sorpresa, sino que se puso en camino con dos servidores y el muchacho, portando este «la madera del holocausto». Isaac preguntó al rato dónde estaba el animal previsto, obteniendo como respuesta un «Dios proveerá», y el escriba omite precisar si más adelante se resistió o no a poner el cuello sobre el degolladero.

Solo retoma su hilo al aparecer un ángel con la orden de preservarle, añadiendo que en ese justo momento Abraham vio «un carnero preso por la maleza, y pudo cumplir su ofrenda».

Tras haberla hecho, recibió «otra promesa de descendencia numerosa y prosperidad en premio a su obediencia» Génesis 22, De ella acabaría formando parte también la resurección y el compromiso con el más allá en el más acá, que «muere porque no muere» en la expresión de Santa Teresa.

Pero eso merece ir siendo contextualizado. Precisar qué sabía el hombre antes de la pleamar salvífica solo será una pesquisa relajada si su hilo es observante en vez de apologético, y en este orden de cosas el último equívoco a despejar es la relación de técnicas y artes con el propio conocimiento.

Cabe suponer que las herramientas se limitan a simplificar operaciones, y el arte a representar lo ya hecho; pero así como el rito precede al mito, la alfarería y las técnicas escultóricas anteceden a actos como moldear al hombre, y sin carpintería, labranza y metalurgia son impensables los conceptos de organismo y función.

En otras palabras, llegamos indirectamente a nosotros mismos desde una figuración y construcción del entorno, sostenida a su vez por serendipias —actos de topar felizmente con esto cuando buscábamos aquello otro—, y el estado de abierto a saber demostrará sus ventajas sobre el determinismo evitando prelaciones como la del huevo y la gallina, e inaugurando objetos de estudio como los efectos no buscados de la acción.

El monoteísmo desembocó en odiar el más acá por amor al más allá, y la antropología comparada zanja otros interrogantes mostrando que solo la cultura helénica asumió el libre examen como nuevo rito, y como mito específico el abandono de una caverna donde los encadenados a rutinas se limitan a percibir sombras de las cosas.

El hombre anterior a ese espíritu cifraba su deber en una defensa de las tradiciones heredadas, mientras el griego entiende que la realidad no necesita abogado, y solo la fantasía vive del apoyo externo. Más concretamente, sucumbirá pronto o tarde todo cuanto pretenda ignorar el juicio ecuánime, porque la naturaleza intangible del pensamiento lo hace refractario a toda suerte de coerciones, y sus certezas serán tanto menos frágiles cuanto más valor atribuya a la neutralidad valorativa.

Con dicha actitud nacen las ciencias. CONTEXTO E IMPULSO INICIAL DE LOS HELÉNICOS Introduciendo el cosmos o reino físico los griegos descubieron una distancia crítica que fertilizó toda suerte de empresas artísticas y técnicas, deparándoles prosperidad y respeto de los vecinos, en función de la serendipia básica que resulta de sumar potencias naturales a las sobrenaturales.

Ninguna sociedad antigua desafió en medida pareja el mando prodigioso invocado por brujos y creyentes, consagrando el tipo de poder indirecto y prosaico descubierto en origen por agricultores y artesanos: los frutos del tesón no sectario. Pero ese cofre no tiene otra llave que la propia autonomía, y como observa Hegel en sus Lecciones sobre filosofía de la religión: Es preciso que el hombre sea libre en sí mismo; solo cuando es libre permite que sean independientes el mundo externo, otros hombres y las cosas de la naturaleza.

El primer individuo expesamente centrado en la libertad fue el sophós o sabio, un actor añadido al chamán, el pontífice civil y el profeta religioso, que se distingue de ellos por no orientarse a deslumbrar o salvar, no pretenderse iluminado por dioses o demonios, y tampoco cultivar facciones políticas.

Identifica sabiduría con libre gobierno de sí, entendiendo que nada protege tanto como la independencia de juicio, y en especial la capacidad para contemplar con sentido crítico las opiniones e instituciones vigentes, intentando ser ecuánime.

Aunque la costumbre es estar tan seguro de esto y lo otro como Abraham de su voz interior, el sabio duda por sistema —para empezar de su propio saber—, y, al hacerlo, eleva al infinito el listón de la exigencia. Las culturas estamentales insisten en reservar la autonomía de criterio y acción al asceta religioso, identificando al resto por su clan, casta o familia.

Lo mismo en India que en Extremo Oriente, quien no sea un «renunciante» faquir, bonzo, yogui seguirá lo prescrito por su estamento a efectos de matrimonio, profesión y domicilio, o podría verse fulminado por una turba anónima como violador del tabú. En la gran mayoría de sus lenguas no hay siquiera palabra equivalente a libertad, una actitud que parece tan indeseable e insólita como la desobediencia del soldado, o la iniciativa del siervo; pero en los confines crecientes de la Hélade la novedad es que se reconozca al individuo en cuanto tal, por más que parte de los propios griegos —la rama espartana— siguiese fiel al absolutismo.

El individuo y la polis A qué podamos atribuir ambas cosas dista de estar claro, pues lo único categórico al respecto no son premisas sino resultados, que comienzan con migraciones por la cuenca mediterránea y el Mar Negro, promotoras al tiempo de movilidad social y división del trabajo.

Establecer nexos comerciales está en las antípodas de invadir o vender protección, y descansa sobre un mercader viajero que realimenta el tráfico con los productos estrella del país: aceite, vino y cerámica de calidad nunca vista, así como trabajos de forja, empezando por el imponente yelmo corintio.

Hasta los vasos más antiguos anuncian una estilización inalcanzable para otros pueblos, fruto a su vez de una pintura borrada por el tiempo pero superior a la estatuaria, cosa difícil de imaginar siquiera dada la maestría incomparable de Fidias, Praxíteles o Mirón, aunque constatada por muy distintos y venerables contemporáneos.

El paso del trueque al dinero amonedado contribuyó al surgimiento de una clase media, suscitando tensiones entre cierto pueblo de pequeños propietarios agrícolas y artesanos el demos y una nobleza hereditaria terrateniente los aristoi , que tras un período de guerras civiles desembocó en la Ciudad-Estado polis gobernada democráticamente.

En el Ática, comarca de Atenas, esta evolución la consuma Clístenes en el año [3] , sacando adelante el principio político de la isonomía «misma norma» o igualdad ante la ley, que sustituye la lealtad a clanes y hermandades por una responsabilidad individual, adoptándose cualesquiera decisiones vinculantes por mayoría de votos en la Asamblea.

El súbdito pasó a ser ciudadano, aliado con sus iguales para vigilar una continua extensión de las libertades, entre ellas la de nunca volver al gobierno discrecional de uno solo.

Salvo tribus ágrafas, todo territorio demográficamente denso seguía sujeto a costumbres tuteladas por sistemas oligárquicos o monárquicos, y una comunidad regida por lo que decidiese día a día la mitad más uno de sus adultos varones pareció una apuesta simultánea por el caos y la mediocridad, a juicio de atenienses tan destacados como Platón o Jenofonte.

Sin embargo, que grupos civilizados no hubiesen estatuido hasta entonces el autogobierno pesó poco, comparado con la evidencia de que descartar el autoritarismo promovió grados inauditos de pericia, y polis capaces de embellecer y sanear sus perímetros en medida inaudita también, respondiendo al entusiasmo cívico que brotó de fundir el bien público con la responsabilidad individual.

El Partenón, por ejemplo, supera al menos en un tercio los mayores templos construidos, y desde Egipto hasta el mar de China ninguna capital de imperios gigantescos puede compararse en arte, magnificencia e higiene con lo que sacaron adelante pequeñas comunidades democráticas. Sus representantes dejaban en ridículo a toda suerte de rectores alternativos, sencillamente rindiendo cuentas detalladas de su patrimonio, antes y después de cada mandato.

Desde la era de Pericles otra fuente de ingreso fue el estipendio recibido por presidir la Liga Délica, llamada así por empezar reuniéndose anualmente en la isla de Delos, una renta pagada por las demás polis para evitar que prevaleciesen los persas y sus aliados espartanos.

Por lo demás, la capacidad emprendedora de Atenas se vio pronto minada por un número creciente de esclavos, cuyo trabajo es el menos motivado de los imaginables. Delegar cada vez más actividades sobre ellos acabó induciendo una fuga de capital humano, y una masa de médicos, ingenieros, arquitectos y orfebres venidos a menos, dada la competencia de esclavos instruidos en sus respectivos oficios.

La Gran Grecia —un imperio pacífico, apoyado sobre relaciones contractuales— apenas duró el par de siglos comprendidos entre Pericles y Aristóteles, pues primero Esparta, luego Macedonia y finalmente Roma convirtieron sus territorios en un protectorado.

Hoy se diría que lo incongruente fue combinar constituciones libres —y un comercio basado en relaciones voluntarias— con procesos fabriles encomendados a mano de obra involuntaria. También es cierto que dicho criterio dista de ser intuitivamente obvio, y ni siquiera Aristóteles sospechó que multiplicar las «herramientas humanas» introduciría dos milenios de miseria y despotismo, interrumpidos solo cuando el desarrollo de la empresa mercantil reconcilió al autónomo con el empleado por cuenta ajena.

Apoyada en sus éxitos iniciales, como quien dilapida lo reunido con frugalidad por generaciones previas, Atenas y sus aliados irían viviendo de astucias rayanas con la picaresca —presentidas por la leyenda de Ulises—, sin consolidar su revolución política y comercial con una revolución industrial.

Los sabios arcaicos El correlato de sentirse libre, reconociendo la libertad de los otros, es descubrir un reino alternativo al guiado por fantasías y sueños, que hoy llamamos realidad y los griegos llamaron naturaleza physis , entendiendo por tal un principio arjé que rige el conjunto de lo presente y explica también su diversificación.

Cabe alegar que el universo mágico es también una naturaleza, en el sentido de algo heredado, inmutable y al tiempo activo, pero la sabiduría introduce una renuncia sistemática al milagro.

En vez de conjurar esto o lo otro, apelando a fuerzas sobrenaturales, opta por una observación tan detenida e imparcial como esté en su mano, entendiendo que las fuerzas naturales están tan cerradas al embrujo como abiertas a la inteligencia, y explotarlas en nuestro beneficio depende solo de proceder con la humildad de quien investiga.

Inmersos en las brumas del olvido, los llamados siete sabios de Grecia tienen en común el reconocimiento del propio cosmos físico como dimensión autoconstituida, y sus consejos se reducen finalmente a tres: no desear imposibles, huir del exceso y conocerse a uno mismo.

Algo posterior a ellos fue el rapsoda Jenófanes de Colofón, que se burló de la mitología homérica por su inclinación antropomórfica —«si los animales fuesen religiosos, construirían dioses a su imagen y semejanza»—, y añadió a esa sátira algo a medio camino entre el monoteísmo y el panteísmo, una premonición de nociones como el ser supremo, el motor inmóvil y la substancia absolutamente infinita.

Floreció a mediados del siglo VI , y su inteligencia brilla en detalles como haber estudiado fósiles en medida suficiente para deducir que el mar cubría otrora una superficie muy superior, e inferir de otras observaciones que la vida alternó periodos de contracción y expansión, mediados por el clima.

La escritura venía dedicándose a todo menos la substancia física, sin que nadie se centrase en la génesis de lo concreto, y pasar de la teogonía a la cosmología fue un cambio quizá inseparable de las constituciones libres, para empezar porque el concepto de physis es el de lo inmanente, que cancela el recurso a la alegoría mitológica como la ciudadanía canceló la confianza en reyes por la gracia divina.

Tales pudo aprender en un viaje a Egipto lo necesario para predecir un eclipse, y hacer algunas demostraciones geométricas que Aristóteles considera las manifestaciones más antiguas del razonar deductivo. También le atribuye la perspectiva genética a la hora abordar los asuntos, «pues naturaleza se identifica con el modo de nacer cada cosa».

La unidad de génesis y principio arjé se mantenía velada por el desiderátum mágico, y atreverse a contemplar sin la presión simultánea del yo quiero y la idea fija desembocó en algo semejante a la alegría, o, al menos, eso parece traslucirse de tesis como que «todo está lleno de dioses», y «Dios es la inteligencia que creó todas las cosas a partir del agua».

En contraste con la fe en Tlaloc, o en el Celoso veterotestamentario, la actitud contemplativa sustituye el terror ritual por asombro ante un fenómeno de autoorganización, y empieza reconduciéndolo a una fuente como el agua, según Tales «porque lo húmedo alimenta todas las cosas, e incluso lo cálido nace de él».

Le maravilla algo siempre eterno y feraz, tan incomprimible en estado líquido como volátil y quebradizo en otros, capaz de cambiar sin cambiar. Por lo demás, acabaremos descubriendo que es en realidad un compuesto —el feliz vínculo de dos hidrógenos y un oxígeno— que no puede agotar la pregunta por el origen.

Al contrario, solo lo novedoso de la perspectiva física justifica lo ingenuo de su respuesta, que se reitera con cambios insustanciales en Anaxímenes, otro milesio. Menos verosímil aún es plantear el firmamento como resultado de emanaciones terráqueas, y no acaba de entenderse cómo pudo Anaxímenes ser pupilo de otro milesio como Anaximandro, a quien se remonta pensar que «el hombre fue engendrado por animales de otra especie, y los primeros seres vivos surgieron de las aguas calentadas por el Sol».

Anaximandro descarta principios como el agua o el aire por considerarlos resultados finitos, avanzando como fuente universal algo libre de cualquier figura exterior determinada, realmente infinito y eterno, e introduce a esos efectos el neologismo ápeiron, basado en añadir una alfa privativa a péras, la determinación o límite.

El primero de sus fragmentos quizá se haya conservado intacto, ya que aparece sin modificaciones en diversas fuentes, y dice así: Principio y elemento de las cosas es lo ápeiron. De donde ellas tienen origen, hacia allí tiene lugar también su perecer, por necesidad, pues pagan unas a otras su injusticia conforme al orden del tiempo.

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